Lástima de Galasa (Y en Garrucha pensando en salirse)

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Leo lo que ha dicho un político de nuestra comarca, la del Levante almeriense sobre Galasa: “Los políticos nos hemos empeñado en que Galasa no funcione”. O sea, aquello de que entre todos la mataron y ella sola se murió.

Por lo visto, la empresa del agua tiene una deuda de más de treinta y siete millones de euros (37. 600.000 €) difícil de enjugar. Y además, al problema de la deuda hay que añadirle otros factores que enturbian el panorama. La frase del político es muy preocupante dado el problema de escasez de agua que padece el levante almeriense, razón por la que la política referida al agua es un asunto de primer orden.

De ahí que en nada exagero cuando afirmo que la creación de Galasa es una de las iniciativas más importantes de las que se han llevado a cabo en nuestra provincia. Cuando en abril de 1979 me hice cargo de la Alcaldía de Garrucha hacía poco tiempo que el municipio se abastecía con agua de Vegarada, una empresa a la que el alcalde Pedro Cruz, con buen criterio, le había comprado quince dotaciones por un importe de quince millones de pesetas (90.000 €), dinero que me tocó a mi pagar.

Del agua de Vegarada, además de Garrucha, se abastecían Mojácar y otros usuarios privados. Con la solución del agua de Vegarada estábamos más que satisfechos pues se ponía punto final al abastecimiento de la insoportable agua del río, no apta para todos los usos domésticos. Además contábamos (y contamos) con las fuentes del agua potable procedente del paraje de Saetías.

Un agua que se alumbra en sierra Cabrera, traída en el año 1884 por el vicecónsul británico George Clifton Pecker, y cuyo escaso caudal discurre por un accidentado y largo trayecto, donde el río se ha llevado por delante la tubería en numerosas ocasiones. Con el agua de Vegarada todo marchaba viento en popa hasta que pasados unos años comenzó a resentirse el suministro, cosa que se fue agravando a medida que aumentaban los usuarios, dado el crecimiento de la construcción. De tal manera empeoró la situación que como cada día no llegaba agua suficiente a los depósitos, durante bastante tiempo fue necesario cortar el suministro a la población desde el anochecer hasta primeras horas de la mañana siguiente; la finalidad era que los depósitos recuperaran agua durante la noche.

Esto dio lugar a que muchas noches del verano subiera yo con el fontanero municipal, Pedro el Sierro, y alguna vez con mi amigo Juan Cintas, a verificar si se llenaban los depósitos. Y llegó el desastre. Una mañana de primeros de agosto (plena campaña turística) de uno de aquellos años se presentaron en mi casa el alcalde de Mojácar, Bartolomé Flores, y el gerente de Vegarada, Gonzalo Suárez, para decirme que el agua de los pozos estaba agotada y que solo salía barro, razón por la que en más de una ocasión el agua que llegaba al grifo de las viviendas salía turbia.

De mi casa nos fuimos al parador de Mojácar y allí acordamos suministrar de nuevo agua del río. Un agua, ya digo, poco apta para los usos domésticos. Así era el negro panorama que teníamos en Garrucha cuando en 1988 el presidente de la Diputación provincial, el socialista Tomás Azorín, nos propuso a los doce municipios del levante la creación de la empresa Galasa (Gestión de Aguas del Levante Almeriense).

Ni que decir tiene el entusiasmo que me produjo tal iniciativa, iniciativa que nos iba a resolver de una vez para siempre el problema del agua. De forma inmediata nos adherimos al proyecto y cinco años después, en 1993, una vez resueltos los múltiples problemas que fue necesario resolver, Galasa comenzó su andadura. Sin embargo, no tardaron en aparecer los políticos comarcales de oposición ansiosos por alzarse con el poder municipal, algunos de los cuales produjeron sonrojo en el campo socialista. Tales políticos se constituyeron en una coordinadora y organizaron la marimorena en la comarca con el argumento de que el agua era muy cara. O sea, pura demagogia para soliviantar a la población.

Me cabe la satisfacción de que en Garrucha no tuvieron ningún eco. Nosotros, contra viento y marea, permanecimos leales a la Diputación. Es más, en el mitin celebrado en mayo de 1995, cuando las elecciones locales, manifesté abiertamente nuestra lealtad a la dirección de la empresa, a la vez que rechazamos la actuación de la coordinadora. Por supuesto que ganamos las elecciones; una vez más con mayoría absoluta.

Los miembros de la coordinadora, dando saltos y a grito pelado, intentaron reventar el acto en el que el presidente Chaves vino a Garrucha a darle el visto bueno al acuerdo alcanzado sobre nuestro término municipal. Semejante actuación me sentó muy mal, pues a esas mismas personas, en un atardecer lluvioso, yo les había dejado un salón municipal del Ayuntamiento para que “vendieran” al pueblo su “averiada” mercancía, y ese fue el pago que me dieron. Ahora, después de tantos años de actividad, Galasa está soportando una profunda crisis, no solo económica sino estatutaria.

Entiendo que Galasa nunca debió salirse del ámbito de los doce municipios de la comarca que la fundaron. Creo que no ha sido bueno dar cabida a otros dieciséis municipios, máxime sin que antes cumplieran con los requisitos exigidos a la hora de su ingreso, pues como bastantes de ellos no han cumplido con las obligaciones contraídas se ha ido generando la enorme deuda que ahora pesa sobre la empresa. Y es que no puede ser que una empresa tan estratégica para el desarrollo de la comarca esté en tan grave situación debido a la pésima gestión de unos políticos inexpertos, amantes de beneficiar a los suyos por encima de todo, y algunos tan desaprensivos que en vez de velar por la empresa y en el mejor servicio del agua solo piensan en su provecho electoral.

Así se evidencia que no sea bueno que los políticos dirijan empresas de esa o similar naturaleza. Algo parecido ha sucedido con las cajas de ahorro gestionadas por políticos, muchas de ellas en la bancarrota, luego rescatadas con dinero publico. Por otro lado, se palpa en el ambiente una lucha sorda en torno a los estatutos y el gobierno de Galasa. La razón es clara, se trata de entorpecer la gestión de la Diputación, gobernada por el PP, dado que es la que manda en la empresa con el 51% de las acciones, cosa que a los socialistas les produce urticaria. Y este mal rollo da lugar a que unos anden embrollando con la amenaza de salirse de la empresa, claro que sin llevarse su parte de la deuda, y otros enredando con dichos en el sentido de que Galasa piensa en subir las tarifas un 30%.

Y en esa movida de hipotéticos abandonos de Galasa entra en escena el Ayuntamiento de Garrucha creando una comisión para que estudie la conveniencia de salirse o no, creo que con la pueril excusa de recuperar la autonomía municipal, algo que por lo visto se le ha perdido con la pertenencia a Galasa. No sé a quien se le habrá ocurrido semejante sandez. Para quien no lo sepa le diré que la autonomía municipal consiste en que cada ayuntamiento desarrolla sus competencias dentro del respeto a las leyes y sin que nadie le diga lo que tiene que hacer. Al parecer, los gobernantes garrucheros se sienten atraídos por otra empresa que les promete el paraíso terrenal.

Como para echarse a temblar. No cabe duda que para adoptar una decisión de ese calibre es preciso disponer de un buen asesoramiento técnico, prestado por personas expertas e imparciales, no por políticos y advenedizos. El asesoramiento supone, documentos en mano, poner encima de la mesa las ventajas reales que ofrece la nueva empresa, repito, las ventajas reales en cuanto a garantías de prestación indefinida del suministro, un buen servicio, una óptima calidad del agua y un precio adecuado, continuado en el tiempo y no al principio.

Además no se olvide que la salida supone cargar con la parte alícuota de la deuda de Galasa. Por supuesto que llegado el caso el pueblo de Garrucha tiene derecho a saber si la alcaldesa dispone de las ventajas y garantías debidas, pues se trata de un asunto que así lo requiere. Según me indican, la oposición de Garrucha, unos y otro, se oponen a tamaño desatino; es lo que se espera de ellos pues se trata de un asunto en el que la oposición está obligada, con decisión y firmeza, a defender Galasa, tanto en las sesiones municipales como en los medios de comunicación, incluso editando folletos explicativos a la población. Que la oposición actuara de otro modo no se entendería.

Supongo que la alcaldesa es consciente de que dar el paso de irse de Galasa supone un grave riesgo, ya que se trata de un servicio tan básico y esencial como es el abastecimiento de agua a la población, por lo que de no salirle bien la jugada pagaría la decisión con un batacazo electoral de chupa de dómine. Claro que de seguir adelante con la idea intentará por todos los medios que la oposición se ponga de su lado para que le sirva de escudo ante el pueblo, lo que sería fatal para el PP y GIGA, cosa que estimo impensable.

Visto el feo y preocupante panorama no debe consentirse que el problema del agua siga en manos de políticos inexpertos y sectarios de uno u otro signo, lo que además de indignante es rechazable. Desde luego, si yo fuera alcalde de Garrucha bajo ningún concepto sacaría al municipio de Galasa, y lucharía con todas mis fuerzas para reflotar un bien tan importante para la comarca.

Pienso que la alternativa a tanta penuria puede ser privatizar Galasa y mandar a su casa a los políticos, a la vez que técnicos capaces diseñan un plan viable para cancelar la deuda en las mejores condiciones posibles. Después de la lectura de este artículo comprenderá el amable lector lo que siento cuando leo todo lo que se está diciendo acerca de la situación y del preocupante porvenir de Galasa.

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