Innovar la Constitución: un propósito para ponerse de acuerdo

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Escrito por SEBASTIÁN LORCA, que es escritor
Votar es una decisión personal que debería realizase más a menudo para que nuestra delicada democracia fuera tomando cuerpo y cada una de las medidas a instaurar se fraguaran por la mayoría de los ciudadanos, sobre todo, cuando a estos son a los que les afecta sobremanera. En la dictadura un único individuo impone su criterio como si fuera Dios o su error no afectara. Actualmente, son unos pocos (dirigentes de partidos) quienes lo hacen con tintes internos de democracia, quedando al margen el ciudadano por mucho que le digan que está representado. La tecnología puede procesar, entre otras cosas, elecciones de forma rápida y económica.
Ya va siendo hora de adecuar la Constitución, nuestra Constitución, en todos y cada uno de sus Títulos, Capítulos y Artículos que la componen, por los españoles, mayores de edad. En su momento, allá por 1978, se aprobó, como no podría ser de otra manera, después de una larga Dictadura, dado los deseos de libertad de los españoles y los ánimos militaristas vigilantes. Hoy, posiblemente, algunos de los citados artículos se cambiarían. Aspecto este a sancionar por la gente y redactar por expertos en un determinado plazo fijado. Los nuevos, en su caso, serían o no respaldados por un número mínimo exigido de personas para llevarlos o no a efecto, en una votación definitiva.
Comenzaríamos así con una Constitución sometida e innovada por una democracia más perfecta, sin condicionantes, a la que nos iríamos aficionando (y más si se aprende en la escuela) eludiendo a la clase política de su gran carga de responsabilidad para la que muchos de ellos no están capacitados. Plebiscitos, a todos los niveles (local, comunitario, nacional) y de cuestiones muy diversas, serían muy aconsejables para que todos los ciudadanos tuviéramos la posibilidad de participar y fuéramos corresponsables. El pueblo empezaría a ser importante. Y, tal vez, no tendríamos campañas de trolas y promesas irrealizables como ahora, aunque su tiempo fuera más aburrido, carente de embustes que discutir, pero consecuente con nuestras decisiones ciudadanas, y cuyas dificultades nos serían achacables.
Hoy he soñando que el Poder, que surja de las Generales próximas del 28 A, lo propone a las Cortes para que lo citado, algo que está en la mente de muchísimos españoles, se lleve a cabo.
No hay duda que entre los muchos debates este es el principal y más trascendente de todos. A nadie se le escapa que las propuestas que efectúan los partidos políticos desde las tribunas, pidiendo los votos de la gente para poder presidir España, son, en su generalidad, normas y regulaciones determinando libertades a la ciudadanía, que, sin duda, son necesarias; sin embargo, lo antes posible, se debería ocupar al pueblo en la ratificación o no, como hemos citado, punto por punto, de la Carta Magna para que la implicación corresponda, por entero, a todos los españoles.
Una proposición esta, que merecería la pena prometer por todos los cabezas de partidos en disputa por el poder, actuando de heraldos de la misma, antes de que se conformara dicho Poder. Desde ya, se establecerían las ponencias propias de cada uno de ellos, el número mínimo de personas que dirigirían el proceso innovador de la Constitución, sus observaciones, sus resultas e implicaciones. Constituidas las Cámaras se llevaría a efecto la proposición con los acuerdos alcanzados, para que fuera confirmada por el Pueblo en un plazo de dos años, a la mitad de la Legislatura. Cabe tomar la presente medida sin miedo, sin heroicidad, ni de forma arbitraria, y sí, con prudente valentía en un tiempo periódicamente previsto de antemano

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