Nada que ver con la Democracia

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Siento disentir de los que ahora, con el tema de la independencia de Cataluña, dicen que el mismo es una cuestión no de independencia sino de democracia. (La democracia es liberalismo, libertad, pluralismo, tolerancia… lo contrario de autocracia, dictadura, tiranía… Política por la que el pueblo ejerce la soberanía mediante la elección de sus dirigentes).
Creo sinceramente que la democracia es algo maravilloso, encomiable y digno de preservar. Manosearla para principios estériles, pueriles o, sencillamente, para quedar bien como si a los que hemos carecido de ella no nos importara, es jugar con fuego sin haber manejado antes una escopeta.
Posiblemente denoten mis palabras cierto temor y estáis en lo cierto si así lo pensáis, pero todo aquello que perturbe el entendimiento entre partes no se resuelve enfrentando a los ciudadanos entre sí; al contrario, todos perdemos como perdimos no hace tanto porque alguien no permitió que fueran los políticos (entre ellos) quienes dilucidaran los problemas. Esto no supone aceptar la imposición, la injusticia o el abuso de parte alguna; esto, claramente admite, que los políticos han de ajustarse a las normas por ellos establecidas y jugar las cartas para cambiar sus reglas sin esperar a que la gente, por ellos aludida, las rompa y, además, sean los héroes de la película o se vayan de rositas. Reúnanse, hablen y hablen hasta la extenuación si es preciso, sin salir del lugar elegido para el encuentro, hasta que la ausencia de entendimiento haya desaparecido: su desgana, su renuncia, su altivez, su procrastinar o su falta de interés no les justifica; al revés, les denigra y envilece. 
Son de una intolerancia repugnante las posturas tomadas por los líderes de Cataluña y de España. Más si cabe la de éste (cuya responsabilidad es superior) que jamás ha tomado la iniciativa por entenderse o llegar a algún tipo de acuerdo,  salvo ahora, cuando ya no hay remedio, y sus medidas son las de un toro herido dando cornadas a diestro y siniestro por el filo de un precipicio deteriorando la imagen de España. Nos ridiculiza como en otras ocasiones.
En España, tendríamos que ponernos de acuerdo en las partes auto gobernables de su territorio en razón a orografía, idioma o peculiaridades que se precisen y su modificación no dependa de ningún gobierno cuando se le antoje o considere oportuno. No se puede estar cada día intentando quebrar un compromiso alegando “el derecho a decidir” que la democracia nos otorga. Excepción sin paliativos para territorios sometidos por un régimen totalitario o el caudillaje de un dictador. Excepción también cuando los pactos se hayan alcanzado mediante la opresión, privación de libertades, chantaje o engaño. Podría darse la paradoja que mañana la alcaldesa de Madrid y su gobierno pidiera la independencia de Madrid, ¿por qué no?
Acude a mi memoria la actividad de mi profesión por la cual dos o más clientes deseaban o, mejor dicho, me imponían, pese a mis recomendaciones, abrir una cuenta corriente conjunta, es decir, se obligaban a tener que firmar todos para disponer de la misma. Pues bien, raro era que en el trascurso de la misma, alguno de ellos no exigiera saltarse tal obligación por razones más o menos comprensibles. Entonces, ¿qué se debía hacer?: ¿No consentir? ¿Aceptar? ¿Ceder? Pese a que me asistiera la razón; pese a todo: dialogar y llegar a compromisos.
Algo parecido opino respecto al tema que nos ocupa. Nada que ver con la democracia.  Pienso que acordar sin posiciones radicales es de sentido común. Siempre quedará la posibilidad de confeccionar una nueva cuenta, una nueva Constitución que recoja el sentir del momento; un sentir que puede variar en cualquier tiempo y no sólo dependiente del poder que, sea dicho de paso, en esta ocasión, se asienta en el punto de la cúspide de su autoridad en lugar de en la base del pueblo. Los ciudadanos deben refrendar acuerdos establecidos dentro de la ley y no enfrentarse entre sí por unos políticos que, por lo general, buscan intereses partidistas o salvar su culo señalando culpables e invocando a la democracia sin aportar soluciones que nos lleven a entendernos.

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