Amigos de la Alcazaba pide a la Junta que intervenga de urgencia para salvar esta milenaria encina de Serón, declarada Monumento Natural por su antigüedad.
Amigos de la Alcazaba pide a la Junta que intervenga de urgencia para salvar esta milenaria encina de Serón, declarada Monumento Natural por su antigüedad.

La encina de “La Peana” está situada la Sierra de los Filabres, en el paraje de La Loma de Serón, y está considerada como el árbol más grande de Andalucía, además de estar declarada como Monumento Natural por la Junta andaluza. Con más de mil años de historia, “La Peana” es un ejemplar de extraordinaria belleza, de una estructura simétrica y equilibrada, con 18,5 metros de altura, copa bien proporcionada de más de 20 metros de diámetro, que da una amplísima sombra, y una base de casi 15 metros de perímetro, que actúa como pedestal o peana (de donde obtiene su nombre), que necesita hasta 11 personas adultas con los brazos bien estirados para poder abrazarla en su totalidad.

“Pues bien, esa encina tan singular, este portento natural”, explica la Asociación, “que ha vivido tantos siglos y tantos acontecimientos en su dilatada vida, desde hace unos días presenta unas enormes grietas longitudinales y profundas que muestran un diagnóstico muy grave y un futuro pesimista si no se actúa de urgencia”, Por esto, Amigos de la Alcazaba lanza un S.O.S., una llamada de auxilio, para que las mismas instituciones que la declararon Monumento Natural, se afanen en encontrar alguna solución técnica que permita detener su avanzado deterioro, devolviéndole esa imagen majestuosa que luce.

Los responsables del Área de Medio Ambiente de la Consejería ya tienen conocimiento, por tanto, “su propietario, Manuel Pérez Sola, y Amigos de la Alcazaba, pedimos ante todo que se actúe con la celeridad necesaria para que esta maravilla de la naturaleza se atienda y así evitemos su pérdida. Que no corra la misma suerte que su congénere la encina del Marchal del Abogado, cuyo tronco enfermo no fue capaz de soportar el peso de la gran nevada que cayó sobre ella el pasado invierno y no recibió los cuidados necesarios para salvarla”.

A pesar de los siglos transcurridos, de las inclemencias climáticas y naturales, de la acción continuada de los animales y del ser humano, la encina se mantenía hasta ahora soberbia como si nada de ello le hubiese afectado lo más mínimo. Superó los sucesivos incendios de desbroce con los que los pobladores del lugar ganaban terreno para la práctica de la agricultura desde tiempo inmemorial, proporcionó las bellotas con las que ganados y personas se sustentaron en épocas de sequías y hambrunas, contempló como a su alrededor muchas de sus compañeras desaparecían para ser convertidas en revestimiento de las galerías de las minas de hierro de Las Menas o en carbón vegetal como último recurso de supervivencia en la posguerra.

Su última batalla contra el destino adverso la libró cuando en los años setenta, una vez abandonada la actividad minera, toda esta sierra fue roturada para ser forestada con pinos de crecimiento rápido, que acabó con la gran biodiversidad vegetal que hasta ese momento albergaban estos valles y montes. “Pero la finca del Serval se salvó, gracias a las convicciones de mi abuela Julia– dice el propietario Manuel Pérez Sola–, que consiguió que en su propiedad no se pusieran coníferas y se conservasen más de medio centenar de encinas, incluida la de La Pena”. Así gracias a esta gran mujer, se salvaron para la posteridad estos ejemplares únicos, restos de lo que fue ese gran bosque mediterráneo que cubrió todo el sureste peninsular.

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