Escrito por SEBASTIÁN LORCA, que es escritor
La infalibilidad del Papa es semejante a la inviolabilidad de nuestro rey. Es decir, ambos pueden hablar y hacer lo que les venga en gana, lo que les apetezca, por muy disparatado que sea, sin tener ningún tipo de responsabilidad. Ellos saben que ni en las alturas, ni el ámbito de este planeta está nuestro Creador y debemos conformarnos con los que mandan en las religiones y en los países representando, en este caso, a dos instituciones que no vienen del Más allá, pero que son tan antiguas, obscuras y secretas como el Dios que nos encomiendan.
Franco, en su día (como también podía hacer lo que quisiera) unió la religión católica con su política, tal como muchos antes lo hicieron. Nombró obispos para que perdonaran sus crímenes y pecados, así como para ir al cielo cuando muriera. Ahora los políticos designan a los jueces del poder judicial que les eviten, a muchos de ellos, ir a la cárcel. Son compensaciones que siempre han existido y con las que nos dicen hemos de estar contentos y seguir con las tradiciones que tanto benefician a los que mandan, para los que tanto nos piden respeto y amor.
La iglesia nos vigila y cuida con celo nuestros valores materiales aquí en la Tierra. Y continúa con las elecciones de santos y patronos que velarán de nuestros espíritus cuando nos muramos. Por consiguiente, es poco defendible que la gente muestre su descontento con los enormes beneficios recibidos y que recibiremos sin saber ni cuándo, ni dónde, ni cómo.
Cambian los modos, las formas, los tiempos, pero no varían los interiores del forro de los hombres sujetos a sus intereses y limitaciones. Se dice que “la cabra cambia de pelo, pero no cambia de leche”. No obstante, el paso del tiempo se aparta, en numerosos ocasiones, de quienes se consideran benefactores. La sociedad compungida por ello se halla en una soledad y abandono que tiene merecidos. Y así retornan los hábitos saludables y se vuelve a confiar en el Papa, en el Rey, en Franco, que lo nombró. Los jueces, los santos, los políticos son capaces de hacer milagros para que la gente se arrepienta de su despego. Las trazas marcadas en su día surgen y dan un paso al frente abordando las tareas que dejaron olvidadas. Surgen banderas y signos victoriosos de antaño y el Cid Campeador, el mercenario más autentico que tuvimos, es imitado en los diversos partidos, buscando el honor y la pasta que tanto interesa.
Y sueño. Sueño con un amanecer que nunca llega. Con la igualdad de oportunidades que los hombres reclaman desgañitándose sin que jamás la consigan. Atisbo, sin embargo, las ruinas de las desigualdades que aplastarán las altas almenas de los majestuosos castillos de hoy. Tal vez (no lo recuerdo) sean parte del sueño, del mismo que añoro y no llega.
¿Para qué seguir viviendo de recuerdos si estos fueron testigos de guerras y hambres, de inculturas y miserias? ¿Para qué mantener a esos reyes, religiones,  falanges,  casas del pueblo, surgidas en defensa de machos bravíos y mujeres subyugadas por el sexo varonil?
Sin olvidar, miremos hacia adelante sacudiéndonos el polvo que llevamos pegado en nuestras ropas. Hacen falta nuevas ideas e innovados principios que cumplir reconociendo que el pasado no fue mejor. Tengamos valor en eludir a los profetas que hablan mal de los demás sin saber lo que ellos harán: políticos, agoreros, pájaros del mal agüero, que solo espolean al son de sus ladridos. Es como si la vida careciera de sentido. Como si algo horrible fuera a pasar. Como si Dios no hubiera existido. Como si fuéramos pompas de jabón.
Nos asustan hasta límites inimaginables, haciendo uso de mentiras y secretos.

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