Escrito por JOSÉ VICENTE COBO

Dicha pregunta se podría responder diciendo lo siguiente: La típica imagen de la virgen María con el niño Jesús en el regazo no es exclusiva del catolicismo, es decir, dicha imagen es exactamente igual a la usada anteriormente en el antiguo Egipto para representar a la diosa Isis con su hijo Horus nacido de su madre virgen o también a la diosa babilónica Semiramis con su hijo Tamuz, nacido también de una virgen, y en otro continente a la diosa hindú Devaki con su hijo Krishna. Y aunque a priori esto pueda sorprender a quien no sea avezado en historia, ciertamente los paralelismos indican claramente que el culto a la madre de dios, fue copiado de los cultos a las diosas-madre de las religiones paganas. Lo que se quiere decir con esto es que el culto a María es un culto copiado del paganismo y que nada tiene que ver con las enseñanzas de su hijo Jesús de Nazaret, quien nunca situó a Su madre por encima de ninguna otra mujer.

Una simple mirada a la historia de la iglesia muestra cómo se llegó a esto: en Éfeso existía el culto a la diosa romana Diana, que también era conocida como la madre de Dios. En el año 431 cuando el catolicismo se extendía más y más, en plena celebración del concilio de Éfeso, una muchedumbre fanática recorrió las calles de la ciudad exigiendo que la iglesia católica romana asumiese su antiguo culto a Diana. Los miembros católicos reunidos y apremiados por la muchedumbre solventaron el asunto colocando a María en el lugar de la aclamada Diana, declarando también a la madre de Jesús como la madre de Dios. Asunto resuelto.

 

Pero al margen de lo histórico ¿no suscita este confuso concepto de «madre de Dios», la idea de que María, de algún modo, se encuentra por encima de Dios? La respuesta es sí, no es lógico ¿cómo puede la madre de Jesús ser también la madre de Dios si El existió primero y es el Creador? Sin embargo lo que para cualquier persona moderna que además piense libremente es lógico, no parece serlo para el antiguo Papa Josef Ratzinger, pues en un encuentro con el clero en el año 2007 declaró: «Dios, el Señor, tiene una madre, y en la madre reconocemos realmente la maternal bondad de Dios. En la madre de Dios vemos toda la ternura de Dios. Por eso es un gran regalo para el catolicismo cuidar y vivir ese alegre amor a la madre de Dios, a María.»

 

Anteriormente en una carta dirigida a los obispos españoles en mayo de 2005 Ratzinger escribía: “Ella, refiriéndose a María, nos ayuda como abogada en nuestros apuros e intercede por nosotros ante su hijo”. Pero Jesús de Nazaret no enseñó nada al respecto, El nos mostró a un padre amoroso, al que toda persona se puede dirigir y para el que no se necesitan intercesores. Y a María tampoco la necesitamos como abogada, porque Dios no condena ni juzga a nadie. Es cada persona quien crea su propio juicio interno, porque según la ley de Causa y efecto a cada uno de nosotros le llega lo que antes ha causado.

Al respecto Jesús de Nazaret también nos habló de la siembra y la cosecha, aunque nos enseñó también el camino de salida, ya que las causas no siempre han de derivar en un efecto. Si reconocemos que hemos obrado contra las leyes de Dios o contra nuestro prójimo, nos arrepentimos de ello, podemos pedir perdón y si nos es posible reparamos el daño hecho para luego no volver a hacer algo igual o parecido, la cosecha con toda seguridad no será la que tendría que haber sido de haber persistido en nuestro error. Cuando Jesús decía a quienes sanaba: “Tus pecados te son perdonados. Ve y a partir de ahora no peques más”, estaba mostrando cual era el origen de nuestros males y al mismo tiempo el camino de salida.

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