Lecturas bíblicas: Pr 31,10-13.19-20.30-31; Sal 127,1-5 (R/. «Dichoso el que teme al Señor»); 1Ts 5,1-6; Aleluya: Jn 15,4a.5b («Permaneced en mí y yo en vosotros —dice el Señor») ; Mt 25,14-30.

Queridos hermanos y hermanas:
Llegamos al domingo trigésimo tercero del T. O. y en una semana celebraremos la solemnidad de Cristo Rey del Universo, concluyendo el año litúrgico. Luego comenzaremos, un año más, el Adviento y un nuevo ciclo litúrgico. Se agrega a la solemnidad del presente domingo la Jornada de los Pobres que el Papa Francisco ha instituido, con el fin de que tomemos conciencia de que están permanentemente junto a nosotros. El lema de la jornada «Tiende tu mano al pobre» es un texto del libro del Eclesiástico, que forma parte de un conjunto de máximas y consejos de conducta que manifiestan la gran preocupación social de la moral del Antiguo Testamento. Jesús hizo suyas y rebasó estas máximas y exhortaciones de la Ley antigua, llevándolas al horizonte de la utopía en el sermón de la montaña, que hemos comentado últimamente en la fiesta de Todos los Santos. El texto completo elegido para esta jornada dice: «Tiende tu mano al pobre, para que tu bendición sea completa» (Eclo 7,32); y a continuación sigue el sirácida extendiendo sus consejos de buenas prácticas, pidiendo generosidad con los vivos y piedad para con los muertos; consuelo solidario con los que lloran y aflicción con los afligidos; visita a los enfermos, para de esta manera hacerse querer y no cometer pecado (cf. Eclo 7,33-36).
El libro del Éxodo recoge las leyes morales y religiosas de Israel que protegen al huérfano y a la viuda y la acogida del forastero (cf. Éx 22,20-26). En este mensaje social bíblico hunde sus raíces la predicación de Jesús, que extiende el amor al prójimo incluso a los enemigos en las contraposiciones conocidas entre Ley antigua y Evangelio: «Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan para que seáis hijos de vuestro Padre celestial…» (Mt 5,44-45), para superar de esta manera la conducta razonable con la que se comportan los paganos, que también son solidarios con los suyos.

Jesús censura la ideología de los pobres que esconde intereses no confesados, llevando el amor a los pobres a su lugar propio, al amor de Dios

Esta sensibilidad social que encontramos en el AT se fundamenta en la condición del ser humano como imagen y semejanza de Dios, que nos convierte a unos en prójimos de los otros e iguales ante el Señor, que reclama de los seres humanos consideración para con sus prójimos. Sin embargo, Jesús censura la ideología de los pobres que esconde intereses no confesados, llevando el amor a los pobres a su lugar propio, al amor de Dios, donde tiene su fundamento: en la semejanza del mandamiento primero y del segundo. Así Jesús recordó a los discípulos que los pobres siempre están ahí a nuestro lado, pero no pueden ser usados para beneficio propio. Recordemos la escena que se desarrollaba en casa de Simón el leproso, estando Jesús a la mesa con sus discípulos invitados por Simón. Los discípulos que censuraban a la mujer que derramó el perfume sobre los cabellos de Jesús en Betania, criticaban que se hubiese despilfarrado «un frasco de alabastro con perfume muy caro», mientras comentaban: «Se podía haber vendido a buen precio y habérselo dado a los pobres» (Mt 26,7.9). Jesús dijo: «¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues ha hecho conmigo una obra buena; porque pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre» (Mt 26,10-11).
Siempre a los pobres con nosotros, y siempre será tiempo de hacer el bien, los pobres están ahí y nos piden participar de los bienes comunes con justicia y dignidad. Sin embargo, las obras de misericordia, corporales y espirituales son verdaderas obras de caridad, y son múltiples. No tiene justificación contraponerlas, si bien es verdad que en la moral judía las obras de caridad son las obras más meritorias y estimadas y, entre ellas estaba la inhumación de los muertos . No dejemos de considerar que Jesús había dicho en defensa de la mujer que, al derramar ella el perfume sobre su cuerpo, lo había hecho «en vista de mi sepultura» (Mt 26,12), se había adelantado a embalsamar su cuerpo. No los podemos anteponer a Dios y a Jesús, porque Dios es el fundamento de todo amor humano, como lo ha revelado Jesús, pero el mismo Jesús ha querido identificarse con los pobres, para que caigamos en la cuenta de que Dios es su creador y redentor; de forma que, si perdemos a los pobres, perderemos a Dios y perdemos a Jesús. Por eso seremos examinados de amor a Dios y la medida de este amor será el amor con que hayamos amado a nuestro prójimo. Es el recordatorio de esta Jornada de los Pobres, que inevitablemente nos ayuda a interpretar el capítulo 25 de san Mateo, al cual pertenece además del evangelio de los talentos el evangelio del juicio final: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel y no te asistimos? En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,44-45).
La segunda carta del Apóstol a los Tesalonicenses nos exhorta, por esto mismo, a la vigilancia, porque el juicio será inevitable, y el hombre no domina la mente de Dios para instrumentalizar la venida de Cristo. El Apóstol avisa: «Sabéis perfectamente que el Día del Señor llegará como ladrón en la noche» (1Ts 5,2). Se sitúa en la misma perspectiva que el evangelio de las vírgenes necias y las vírgenes sensatas del pasado domingo. El hombre se afianza con tal ahínco en las cosas de este mundo que puede sucederlo que dice la carta apostólica: «Cuando estén diciendo: “paz y seguridad”, entonces de improviso sobrevendrá la ruina…» (1Ts 5,3).

Cada uno de nosotros tiene el deber moral de gestionar cuanto ha recibido, porque en las obras de sus manos lleva el hombre la imagen creadora de Dios

El evangelio de este domingo nos coloca ante el deber de amor que se concreta en servir a los demás poniendo en juego nuestras capacidades. La parábola de los talentos hace hincapié en la gestión que hace cada uno de aquello que recibe. Por eso alaba y premia a los que han gestionado bien las capacidades que han recibido, sin distinguir si han sido más o han sido menos, pero condena sin paliativos a quien, creyendo que, por haber recibido poco, no merece la pena gestionar nada. Cada uno de nosotros tiene el deber moral de gestionar cuanto ha recibido, porque en las obras de sus manos lleva el hombre la imagen creadora de Dios, que ha hecho al hombre «señor de las obras de sus manos» (Sal 8,7) . La apelación a las obras una vez más resulta inequívoca guía de conducta en la vida del cristiano. Jesús respondió a los fariseos que lo criticaban por curar en sábado: «Mi Padre trabaja desde el principio, y yo también trabajo» (Jn 5,17).
Los dones de los hombres son complementarios y así sucede también en la Iglesia, el cuerpo social y místico al mismo tiempo de Cristo. No todos tenemos los mismos carismas y facultades, pero todos ellos son para edificación común de cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12). San Pablo compara la multiplicidad de dones y ministerios en la Iglesia con los miembros del cuerpo humano, en el cual todos esos miembros obran para común beneficio del cuerpo regidos por la cabeza (cf. 1Cor 12,12-13). La diferencia no suprime la unidad del cuerpo ni la igualdad en la dignidad de cada uno de ellos, pero la unidad no es uniformidad. Contra aspiraciones malsanas, motivadas por la envidia que corroe el alma y oscurece la mente, y contra el deseo de medrar, aunque sea a costa de los demás y de aparentar aquello de lo que se carece, ocultando la verdad de uno mismo, el cristiano tiene el deber de ser consciente de su medida y reconocer con humildad qué es lo que él puede dar en favor del cuerpo social de la Iglesia, sin olvidar que hay un camino común que es el de la caridad. Por eso, a quienes se sientan tentados a hacer prevaler lo que ellos creen tener contra lo que tienen los demás, san Pablo les recuerda el camino superior de la caridad, porque incluso si creo tener valores y dones, pero me faltara la caridad, «de nada me aprovecha» (1Cor 13,3).
El evangelio se ilumina este domingo con la figura de la “mujer fuerte”, de la que habla la lectura primera del libro de los Proverbios. Como se ha señalado desde la exégesis, se trata de la mujer “hacendosa”, que actúa con templada fortaleza . Es el modelo de gestión eficaz, que pone a producir los talentos del genio femenino y se conduce con responsabilidad. Si tuviéramos que acercar esta figura a la actualidad diríamos que es un ejemplo de mujer empresaria autónoma, descrita «en un cuadro intensamente económico y comercial» . Esta mujer contribuye, con su magnífica gestión del hogar y de la administración de los bienes familiares y con su manera de hacer, al bienestar de todos los miembros de la familia. Gobernanta de una gran casa familiar y de su patrimonio, la mujer fuerte es ejemplo de aplicación al bien común de los talentos recibidos del Creador.

Todo proyecto humano en favor del bienestar personal y social exige sacrificio, y no hay prosperidad sin esfuerzo y dedicación. De ahí la importancia de proponer las virtudes morales a la educación de la infancia y la juventud.

Actuando como ella lo hace es, ciertamente, gloria del marido y tesoro familiar. Saltando de la situación social de la mujer en la antigüedad al moderno protagonismo de la mujer en nuestros días, hemos de parar mientes en que aquello que se quiere proponer es el ejercicio de la laboriosidad como condición de prosperidad.
Todo proyecto humano en favor del bienestar personal y social exige sacrificio, y no hay prosperidad sin esfuerzo y dedicación. De ahí la importancia de proponer las virtudes morales a la educación de la infancia y la juventud. Un sistema educativo sin virtudes morales degenera en una ideología reivindicativa de derechos sin deberes, y al obviar el sacrificio del esfuerzo que conduce al mérito, termina por corromper a los jóvenes.
Que la María, madre de Jesús y madre dela Iglesia nos ayude en el difícil camino de transmitir los valores manifestados en la revelación divina y el cultivo de las virtudes.

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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