Cuando pase el tiempo y la historia pueda ser explicada en los colegios, sabremos si este nuevo Gobierno de coalición, ha sido para bien o para mal. Ahora solo nos quedan los exabruptos, las faltas de respeto, las acusaciones, los recuerdos del pasado, las lagrimas de unos, las llamadas al ejercito de otros, las presiones para cambiar el voto, las promesas a cambio del poder. Discursos, frases, gestos, miradas que irán diluyéndose en el olvido, o cobrando  protagonismo, a medida que se vayan desarrollando los acontecimientos. Pero de entre todos esos pequeños, invisibles, e insignificantes detalles me quedo con un pin que Pablo Iglesias lució en la solapa el pasado martes.

Representa los 17 Objetivos de desarrollo sostenible recogidos en la Agenda 2030, que la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad en el 2015 y que, a través de 169 metas muy concretas, son la hoja de ruta, el plan establecido en favor de las personas, el planeta y la prosperidad. Para mi ese pin significa la última bandera que nos queda, la que tendríamos que enarbolar todos, la que es capaz de reconducir nuestra civilización, de dirigir nuestros esfuerzos. La bandera de la esperanza.

Soy consciente que este plan puede ser uno más de tantos otros que se han firmado y no se han cumplido. El último ejemplo lo hemos tenido en la última, y decepcionante, Cumbre de la Tierra realizada en Madrid el mes pasado, y que esta Agenda 2030 es la prolongación de los Objetivos de Desarrollo del Milenio que marcaban el mismo camino que no se fue capaz de transitar, pero no me negarán que un documento que dice en su preámbulo “Estamos resueltos a liberar a la humanidad de la tiranía de la pobreza y las privaciones, y a sanar y proteger nuestro planeta” no es esperanzador.

Cada uno de nosotros puede tener unos ideales, una manera de hacer las cosas, de afrontar el futuro, de analizar el pasado, pero no puedo creer que mirando a nuestro alrededor no seamos capaces de ver el mundo injusto que hemos construido. Una sociedad que nos empuja a la competición, al querer más por encima de cualquier cosa, que premia al que más acumula sin analizar como lo consiguió. Un modelo que aniquila los derechos humanos, que nos esclaviza, que nos enfrenta a unos contra otros, que esquilma los recursos naturales, que destruye el planeta que nos sustenta. Un sistema que coarta nuestra libertad, nuestro derecho a decidir, a defendernos, a hablar, a trabajar, a tener un hogar digno.

Por eso me gustó ver ese pin en el dividido, enfrentado y tenso Congreso de los Diputados, en el día que marcará la historia de nuestro país, no sé si para bien o para mal. Me gustó reconocerlo porque es una declaración de intenciones, un camino marcado en la tormenta, un plan de trabajo para acabar con las desigualdades sociales, económicas y ambientales que nos han llevado hasta un punto del que muchos creen no hay retorno.

Ese pequeño círculo de colores representa la ilusión de acabar con la pobreza, de que haya cero hambre en el mundo, que se vele por nuestra salud y bienestar, que se luche por una educación de calidad, por la igualdad de género, por un trabajo decente que favorezca un crecimiento económico sostenible invirtiendo en industria, innovación e infraestructuras y garantizando un medio ambiente saludable que apueste por las energías asequibles y no contaminantes. Ese pin habla de paz, justicia e instituciones solidas, de pasar a la acción por el clima, de transformar nuestro mundo.

Ahora toca trabajar para que todo eso se haga realidad y ahí el color azul marino, el que representa el número 17, es el fundamental para conseguirlo: Realizar alianzas para lograr los objetivos. Tiene que ser un esfuerzo colectivo donde las empresas, las administraciones y la sociedad civil remen todos en la misma dirección. Hoy no quiero pensar que el mercado, el capital, se negará a ello, hoy no quiero ser pesimista, porque si algo hemos aprendido en estos últimos años, si estoy hablando de ese pequeño trocito metálico de colores en la solapa de un Diputado electo, es que, aunque el camino sea duro y tortuoso, hay esperanzas para el cambio. Hoy quiero ser positivo, aunque sé que ya están construidas las trincheras y mucha gente dispuesta a ocuparlas.

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