Lecturas bíblicas: Is 45,1.4-6; Sal 95,1.3-5.7-10 (R/. «Aclamad la gloria y el poder del Señor»); 1Ts 1,1-5b; Aleluya: Flp 2,15d.16a; Mt 22,15-21.

Queridos hermanos y hermanas:
Celebramos hoy el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND) y la Iglesia nos recuerda el mandato de Cristo a los Apóstoles: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,19-20). La misión es el cometido de la Iglesia, hemos sido enviados a anunciar el Evangelio, a «proclamar la Buena Nueva a toda la creación» (Mc 16,15). Los ministros del Evangelio y las personas de vida consagrada llamadas de modo especial a la evangelización tienen en la misión la responsabilidad que corresponde al ministerio ordenado y a la vida de consagración, pero la misión es obra de toda la Iglesia, que es por entero misionera. En nuestro tiempo es hermoso ver cómo hay hombres y mujeres que han sabido responder a esta llamada a la evangelización, incluso familias enteras de misioneros.

En nuestro tiempo es hermoso ver cómo hay hombres y mujeres que han sabido responder a esta llamada a la evangelización, incluso familias enteras de misioneros.

El lema de este año para esta Jornada Mundial de las Misiones es la respuesta de Isaías al Señor que pregunta a quién podría enviar a anunciar su palabra, y el profeta responde: «Aquí estoy: envíame» (Is 6,8). Esta ha de ser nuestra actitud, pues sabemos que todos y cada uno de los bautizados estamos llamados a la misión que es nuestra vida: nuestras palabras y obras, el testimonio de Cristo que hemos de dar como discípulos suyos. Somos enviados para llevar fe, esperanza y caridad, anunciando la salvación que nos trae Jesucristo. Somos enviados para vivir de forma que humanicemos la vida conforme a la voluntad de Dios manifestado en Jesús. Nos ayudará mucho la reflexión que este domingo suscita el evangelio que hemos escuchado.
Después de la parábola del rey que invita al banquete de bodas de su hijo y que los invitados rechazan, manifestando que no eran dignos de él, en el evangelio de san Mateo sigue el pasaje en el que los fariseos quieren sorprender a Jesús y ver cómo pueden, tentándole, acabar con él. Le envían algunos de sus discípulos junto con los herodianos, los partidarios del rey Herodes Antipas, hijo de Herodes el Grande, que reinaba cuando nació Jesús.
Frente a una concepción del gobierno de este mundo como poder omnímodo del mandatario, la sagrada Escritura reivindica para Dios el único poder absoluto. Ciertamente en Israel la figura del rey tiene su legitimidad divina, teocrática, pero Dios no se ata a ella, porque sólo él dispone de los imperios de la tierra. Es lo que el mismo Dios revela por medio del profeta Isaías, refiriéndose al rey Ciro de Persia, que reinó durante el siglo VI a. C. y creó el gran Imperio de medos y persas, a partir del escenario geográfico de Irán, extendiéndose hasta la India por Oriente y hasta el Mediterraneo por Occidente. Un inmenso imperio que duró más de doscientos años hasta las conquistas de Alejandro el Grande. Ciro dio libertad a los cautivos hebreos y a otros pueblos sometidos por asirios y babilonios, permitiendo a los judíos desterrados volver a su patria, comenzar la reconstrucción de Jerusalén y del templo.
Isaías llama a Ciro “ungido del Señor”, igualándolo a los reyes de Israel, a dinastía de David, y al mismo rey Mesías, el Ungido que los judíos esperaban, que es lo que significa Mesías. El profeta dice que Dios ha llamado y ha conducido a Ciro para esta gesta de liberación: devolver a Israel a su tierra, reivindicando que sólo Dios es divino, no hay otro dios fuera del Señor, el Dios de Israel es el único Dios. Dios escoge a sus instrumentos de acción como quiere, conforme a su designio, porque sólo él es el verdadero Señor de la historia y el protagonista con el que no cuentan los hombres, siempre tentados a ocupar el puesto de Dios.

Dios escoge a sus instrumentos de acción como quiere, conforme a su designio, porque sólo él es el verdadero Señor de la historia y el protagonista con el que no cuentan los hombres, siempre tentados a ocupar el puesto de Dios.

Esta enseñanza profética sirve en este domingo para afirmar que el poder del César, del Emperador de Roma, cuya moneda le presentan los fariseos a Jesús es un poder legítimo, pero no es absoluto; y cumplir con el César no es cumplir con Dios, que reivindica la soberanía que sólo a él pertenece. La escena que describe san Mateo ha sido ideada con malicia por los adversarios y enemigos de Jesús: han pensado que, si Jesús dice que hay que pagar tributo al César, podrán acusarle de estar contra la libertad e independencia de Israel; y si dice que no se debe pagar el tributo le acusarán del crimen político de rebeldía frente a Roma.
Jesús desbarata la treta llena de maldad. Jesús reconoce la legitimidad del poder político, pero niega su carácter absoluto, también el César está sometido a Dios, por eso dice a quienes le tientan: «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). No se puede dar al César lo que es de Dios. Jesús enseña así a sus adversarios a advertir que toda autoridad viene de Dios por parte de quien la ejerce, pero no puede ocupar el lugar de Dios, a quien pertenece el gobierno universal y el juicio sobre los hombres. Así se lo manifiesta Jesús, cuando es ajusticiado por el prefecto romano Poncio Pilato: «No tendrías poder ninguno sobre mí, si no se te hubiera dado de arriba» (Jn 19,11a).
Es lo que enseña san Pablo, siguiendo el ejemplo de la humillación de Cristo. Dice a los de Roma: «Someteos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen por Dios han sido constituidas» (Rm 13,1; cf. Tit 3,1). Un pasaje muy conocido, que ha ocasionado no pocos estudios y debates, teniendo en cuenta que la legitimidad de la autoridad no se disuelve en tiranía y arbitrariedad.
La Iglesia siempre ha orado por los que gobiernan, como enseña san Pablo, que manda a dar a cada uno aquello se le debe: «a quien impuestos, impuestos; a quien tributo, tributo; a quien respeto, respeto; a quien honor, honor» (Rm 13,7). Pide además a Timoteo «que se hagan plegarias, oraciones y súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad» (1Tim 2,1-2). A su vez, la exhortación de san Pedro corre pareja a esta exhortación de san Pablo, al pedir sumisión a la autoridad y a las instituciones humanas, «sea al rey, como soberano, sea a los gobernantes, como enviados por él, para castigo de los que obran el mal y alabanza de los que obran el bien» (1Pe 2,14; cf. 14,15-15).
La autoridad terrena está para corregir y contener el mal y ayudar a la edificación del bien en la sociedad, premiando la buena conducta, que san Pedro desea verdaderamente ejemplar en los cristianos, para así cerrar la boca de los críticos de la fe, porque «esta es la voluntad de Dios: que, obrando el bien, cerréis la boca a los insensatos» (1Pe 2,15); y de este modo, sufriendo incluso de manera injusta el mal, siendo inocentes los cristianos darán un ejemplo edificante a los demás, pues Cristo sufrió por nosotros «dejándonos un modelo de conducta, para que sigamos sus huellas» (1Pe 2,21). De esta suerte, añade san Pedro, gracias a vuestra conducta ejemplar, «en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras bellas obras den gloria a Dios en el día de la Visita» (1Pe 2,12).
Esta legitimación de la autoridad que hace Jesús y que encontramos en las enseñanzas apostólicas, tiene justamente el límite que marca la soberanía de Dios y la ley divina. Por eso, no es absoluta la soberanía de la autoridad terrena, porque, como respondieron los apóstoles a las autoridades de los judíos que les prohibían predicar en nombre de Jesús: «Juzgad vosotros si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios» (Hch 4,19). Esta respuesta de Pedro y Juan al Sanedrín, volvemos a encontrarla en el capítulo siguiente del libro de los Hechos con el mismo propósito: después de haber sido liberados de la cárcel por el ángel del Señor durante la noche, el sanedrín prohíbe de nuevo a Pedro y los apóstoles la predicación del Nombre de Jesús, pero la respuesta ante el mismo consejo de los ancianos es la también la misma: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29).

El límite del acatamiento de la autoridad está en la propia autoridad de Dios, porque también el César está obligado a observar la ley divina: la violación de los derechos humanos, el derecho a la vida y a la libertad de conciencia

El límite del acatamiento de la autoridad está en la propia autoridad de Dios, porque también el César está obligado a observar la ley divina: la violación de los derechos humanos, el derecho a la vida y a la libertad de conciencia y de religión, entre los derechos que por ser derechos basados en la dignidad del ser humano son por su propia naturaleza derechos del hombre.
Por esto mismo, ejerciendo como seres libres, hechos hijos de Dios por la redención de Cristo y el don del Espíritu Santo, los cristianos no podemos sino dejarnos conducir por el dinamismo que desencadena la fe, como el Apóstol le dice a los tesalonicenses: «la actividad de vuestra fe» que guía a dar testimonio de Cristo; «el esfuerzo de vuestro amor», que impregna de caridad la actuación del cristiano; y «el aguante de vuestra esperanza», que dispone a soportar las dificultades y sufrimientos que pueden ocasionar la fidelidad a Cristo y el testimonio ante los hombres (cf. 1Ts 1,3). Todo ello se realiza en nosotros «por la fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda» (1Ts 1,5b). Es el Espíritu Santo el que en el sacramento de la Confirmación nos sella con el don de la salvación como propiedad de Cristo, que él ha comprado con su sangre (cf. 1Cor 6,20). Las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) son infundidas en el corazón de los creyentes por el Espíritu Santo que se nos ha dado, son las que cualifican la vida cristiana y las que hemos de vivir como medio sobrenatural de adhesión permanente a Cristo, y sostenimiento de una conducta conforme con la fe que profesamos.
Así se lo pedimos al Señor que sepamos responder a la llamada a ser y hacer misión, a ser testigos de Cristo en el mundo. Que la participación en la Eucaristía que ahora vamos a celebrar nos ayude a mantenernos fieles a la gracia que nos viene de la acción del Espíritu Santo en las ofrendas de la Misa, el pan y el vino que se convierten en Cuerpo y Sangre de Cristo, obrando la salvación en cuantos los recibimos. Que la Virgen María, Reina de las Misiones, interceda por nosotros.

S. A. I. Catedral de la Encarnación
19 de octubre de 2020

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

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