La reforma de la Iglesia, en sí misma, no tendría sentido alguno si no fuera en función de aquello para lo que fue instituida por Cristo, el Señor: ser luz para las naciones, esperanza para todos los pueblos. Por eso, todos los cambios, que hemos propuesto en las anteriores miradas de fe, tienen una razón de ser: que la Iglesia se presente en medio del mundo de una forma nueva y renovada. ¿Cómo ha de ser esta forma nueva? ¿Cuáles deben ser sus características? ¿Tiene algo que decir el cristianismo en la construcción del mundo? Sí, una nueva forma de presencia, pues siempre es nueva y fresca esa presencia de la que es portadora la Iglesia. Es siempre nuevo, por su novedad, el anuncio de la buena noticia que clama esperanza, amor y misericordia: el evangelio que, parafraseando a san Agustín, nos habla de aquella hermosura tan antigua y tan nueva.

Pero nos encontramos ante una primera disyuntiva: ¿el cristianismo y la Iglesia deben conformarse con adaptarse al presente, a sus preocupaciones y retos, o precisamente por la energía interna de la que se creen portadores, la sal y la luz que todo lo transforma (cf. Mt 5, 13), los cristianos estamos llamados a ser y vivir como profetas y generadores de utopías? Nos hallamos, y más ahora en estos tiempos de pandemia con sus consecuentes estragos que están propiciando una severa depresión socioeconómica, ante la difícil misión de proponer un orden social creíble y de ser una voz crítica de este en el que ahora vivimos.

Un reto éste difícilmente conjugable, porque, como decía el filósofo de la religión Juan Martín Velasco, «ante un mundo sometido al proceso de secularización y consiguientemente pluralista desde el punto de vista cultural, filosófico, político y religioso, la Iglesia tiene que aprender a hacerse presente socialmente sin caer en la trampa de la privatización de la fe ni pretender imponerse a la sociedad como único sistema de legitimación o como exclusiva donadora de sentido. Ante un mundo injusto, con tendencia a la deshumanización, la Iglesia tiene la tarea de hacer presente el dinamismo humanizador y la pasión por la justicia y la fraternidad que contiene la fe».

Esto supone ser una Iglesia con actitud crítica ante la sociedad y, por lo tanto, libre de compromisos partidistas y no identificada con ningún lobby de poder. Una Iglesia, por tanto, crítica pero no criticona, que no tenga como razón última estar siempre a la contra, viendo la paja en el ojo ajeno (cf. Mt 7, 3), sino, muy al contrario, capaz de descubrir y apreciar todo lo bueno que aflora en la sociedad. Una Iglesia capaz de implicarse servicialmente en las causas justas, codo con codo, con todos aquellos que se encuentran en los mismos frentes. Una Iglesia socialmente eficaz, que trabaja por el bien común en colaboración con todos los organismos internacionales y con todas las asociaciones en pie de igualdad.

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