Reconozco que al escribir esta reflexión desprovista de toda pretensión son muchos los pensamientos y recuerdos que bullen en mi cabeza. Intentaré ordenarlos para transmitir un mensaje que no pretende trascender más allá del íntimo impulso de expresarme con libertad.

 

Hoy se celebra el Día Internacional de las Personas con Discapacidad. Es, sin duda, una ocasión para celebrar. A diferencia de lo que ocurría antes, hoy los retrones (término acuñado en un blog sobre la materia para definir a un tipo concreto de persona con discapacidad) podemos asomarnos al mundo, participar en la sociedad y hacer alarde de quienes somos, con todo derecho y sin ningún complejo. Afortunadamente, esto es así gracias a las oportunidades que la democracia nos ha ido brindando y que todos hemos conquistado, de forma colectiva o individual, con la gran labor del tejido asociativo, pero también con el esfuerzo personal y el inestimable empuje de nuestras familias.

 

No puedo obviar el avance en derechos y en oportunidades que, sobre todo, los distintos gobiernos socialistas en España y Andalucía han logrado en las últimas décadas, otorgándonos la condición de ciudadanos de primera. Con la garantía de una educación inclusiva, que permite romper los techos de cristal. Con una sanidad pública, que protege y cuida para poder avanzar. Y con un sistema de promoción de la autonomía personal y atención a la situación de dependencia, que supuso el cuarto pilar del estado del bienestar.

 

Celebrar y reivindicar. Porque aunque se ha avanzado mucho, todavía quedan metas por conquistar. Como, por ejemplo, hacer de nuestras ciudades unos entornos más amables con todas las personas, que acaben con la hostilidad que vivimos a menudo los silleros y otros retrones. Tenemos que acabar definitivamente con las dificultades e incomprensión que se viven aún en los colegios, para que cualquier niño o joven con discapacidad pueda formarse sin límites para llegar hasta donde quiera y pueda. Y qué mayor meta que la ansiada y necesaria inclusión laboral porque es trabajando, desarrollando una actividad profesional, cuando un retrón alcanza las mayores cotas de inclusión, autonomía e independencia, tan necesarias para decidir sobre su vida y su futuro sin los corsés que algunos pretendan imponerle.

 

Tan importante como celebrar y reivindicar, es poder detenerse y echar la vista atrás, para comprobar el camino andado y decidir con perspectiva, la senda por la que deseamos transitar en el futuro. Un camino que, a menudo, no ha sido fácil. Una historia de luchas, conquistas, renuncias y resignación. Una historia íntima que cada uno decide si merece o no ser contada y compartida.

 

Una historia que, a nadie extrañará, comienza en muchos casos con una infancia distinta a la de la mayoría de niños, con múltiples estancias en el hospital y con parones y arrancadas en el ciclo vital. Con las dificultades para integrarse y participar de las vivencias y los juegos infantiles con los compañeros y amigos del momento. También, por qué no reconocerlo, teniendo que enfrentarse al rechazo y al arrinconamiento tan típico del desconocimiento de esas diferencias que a todos, retrones o no, nos hacen únicos y a la vez iguales.

 

Con todo, paso a paso, se van rompiendo esos techos de cristal y ese niño se ve convertido en un joven con ilusiones y proyectos. Con deseos de vivir y experimentar, como cualquier hijo de vecino. Quizá sea en ese momento cuando empieza a despertarse un espíritu rebelde frente a realidades y comportamientos injustos que le dificultan ser él mismo en plenitud. Pero no nos engañemos, no todo es rebeldía y espíritu de superación.

 

Ese retrón también tiene miedos, complejos, e inseguridades que le hacen bajar los brazos en una evidente muestra de acomodamiento; una zona de confort que aunque no acepte, no quiere abandonar, impidiéndole aprovechar todas las posibilidades que la vida le brinda. Por eso, ese retrón miedoso, tímido e indeciso a veces no se atreve o no sabe disfrutar las experiencias vitales, haciéndose siempre las mismas preguntas: cómo, cuándo, dónde, por qué, con quién…

 

El tiempo, por suerte, no se detiene. El niño tímido del primer día de colegio que quería pasar desapercibido, como ha hecho a lo largo de su vida, se ha convertido en un adulto. Con sus dudas y miedos pero reconociéndose a sí mismo y aceptando que hizo las cosas lo mejor que pudo en ese momento, alcanzando mayor paz y reconciliación consigo mismo conforme la vida le ofrece la posibilidad de hacerlo.

 

Esta, sin duda, podría ser la historia de cualquiera, como hay otras historias diferentes, todas igualmente válidas y dignas de ser contadas. Pero lo que resulta innegable es que todos, retrones y no retrones, hoy y siempre, tenemos el derecho y estamos obligados a celebrar, reivindicar y, sobre todo, a vivir con la vista puesta en lo que fuimos para decidir quiénes queremos ser en el futuro.

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