Día de la romería de Torregarcía en honor de la Santísima Virgen del Mar

Queridos hermanos y hermanas:

De nuevo nos encontramos en las playas de Torregarcía, en cuyas aguas el vigía Andrés de Jaén avistó en 1502 la sagrada imagen de las Virgen del Mar. Venimos a las plantas de la Virgen para rendirle homenaje por haber acompañado a la comunidad cristiana de estas tierras desde aquel día de bendición, cuando fue hallada flotando sobre las olas la imagen de Nuestra Señora con el Niño sobre su brazo derecho hasta arribar a costa del Mediterráneo almeriense.

Esta romería mariana se celebra en la fiesta del Bautismo del Señor, con la cual concluye el tiempo santo de la Navidad, dando paso al tiempo ordinario que comienza mañana con su primera semana. A lo largo de este tiempo hasta el primer domingo de Cuaresma tenemos siete semanas de tiempo ordinario, durante las cuales recorreremos el primer tramo de la vida pública del Señor, que hoy comienza con la celebración de su bautismo en las aguas del Jordán.

Leemos en el evangelio de san Mateo que Jesús vino desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizada y que Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?» (Mt 3,14). A lo que Jesús respondió: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia» (Mt 3,15). Una respuesta que nos revela que el bautismo de Jesús no se debe a que el Hijo de Dios hecho hombre tenga necesidad alguna de purificación. Se debe, como el mismo Jesús manifiesta, a la obediencia de Cristo Jesús, que desde la eternidad ha hecho suyo el designio del Padre, en amor que une al Padre y al Hijo, con el fin de recuperar a la humanidad perdida por el pecado.

San Máximo de Turín dice, con una interpretación muy compartida por los santos Padres de la Iglesia antigua, que la consagración de Cristo mediante el Espíritu Santo al salir del agua, es en realidad la consagración completa del agua, porque «Cristo se hace bautizar, no para santificarse él con el agua, sino para santificar el agua y purificar aquella corriente con su propia purificación y mediante el contacto con su cuerpo. Y así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo y queda limpia la fuente»[1]. Es la creación entera la que es santificada por el Espíritu Santo que recibe Jesús, como reza la liturgia de las Horas de este día: en su bautismo «Cristo, el Señor, ha santificado lo creación entera»[2].

Estas palabras iluminan nuestro bautismo, pues se ha de realizar siempre una vez bendecida el agua mediante la invocación sobre ella de la presencia del Espíritu Santo, para que sirva como medio de nuestra purificación y perdón de los pecados. El Espíritu Santo entra en la historia de nuestra salvación como don del Padre que nos regenera por medio del Hijo abriéndonos las puertas de la salvación con su muerte y resurrección. El Espíritu Santo es el gran don de la Pascua de Cristo. Por el bautismo participamos de la unción del Espíritu Santo que fue derramado por el Padre sobre Cristo en cuanto hombre. Jesús es concebido en el vientre de la Virgen María por obra del Espíritu Santo y es ungido por el Espíritu Santo en su bautismo, y de su unción Dios nos hace partícipes para que vengamos a ser hijos adoptivos en el Hijo unigénito del Padre.

El nombre de Jesús significa Dios salva y el nombre de Cristo significa Ungido por Dios Padre con el Espíritu Santo. La unción de Jesús en el bautismo es contemplada por el evangelista como la revelación de un gran misterio de fe: que la humanidad de Jesús ha sido unida para siempre al Verbo de Dios al hacerse hombre. Ungido por Dios Padre, Jesús es mostrado a Israel y a las naciones como el Salvador único de la humanidad, porque sólo en su sacrificio pascual hemos sido salvados de la herida del pecado. Como lo señaló Juan Bautista, Jesús es el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (cf. Jn 1,29.36). Jesús es «el que bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,33). Sobre Jesús desciende el Espíritu Santo y se queda sobre él y se oye la voz del Padre que revela la verdadera identidad de Jesús como Hijo de Dios: «Este es mi hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). La misma declaración divina sobre Jesús escucharemos en la Transfiguración de Jesús en el monte ante sus discípulos más íntimos: Jesús es el Hijo amado del Padre, a quien hay que escuchar (cf. Mt 17,5).

El Padre da testimonio de que Jesús procede de Dios y es el Hijo de Dios hecho hombre. El evangelista afirma la filiación divina de Jesús y nos lo muestra obediente a la voluntad y designio del Padre. Por eso, vemos que Jesús responde al Bautista desde la humildad de quien acoge el designio de Dios y está dispuesto a cumplir así toda justicia. Leemos en el evangelio de san Juan que antes de expirar en la cruz, Jesús pronuncia sus últimas palabras: «Todo está cumplido» (Jn 19,30).  Jesús es para todo cristiano el modelo de obediencia a Dios y de aceptación de su voluntad. Así nos es presentado por el profeta Isaías cuando habla del Siervo de Dios, figura que adelanta la humillación de Cristo: «No gritará, no clamará, no voceará por las calles»; y de este modo, aunque no acabará de romper la caña cascada ni apagará la mecha que vacila, el Siervo de Dios «no vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país» (Is 42,2-4).

Jesús llevará a cabo su misión en la obediencia al Padre y en la humildad, que incluye su propio sacrificio. Es así como Jesús cumple toda justicia que se hace realidad concreta en su vida como servidor de los hombres para llevarlos a ser hijos de Dios. Por eso dirá: «el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, sea vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28).

Jesús nos es presentado como el modelo de los que reciben el bautismo y han sido hecho hijos de Dios, llamados a seguir las huellas de Cristo y, como dice san Pedro en casa del centurión Cornelio, conscientes de que «Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos» (Hch 10, 34-36).

Jesús ha venido a traernos la paz que brota de la justicia, del cumplimiento de la voluntad de Dios que conduce por la senda del bien a la bienaventuranza y a la felicidad eterna. Sucede así aquello que declara el salmista: con la llegada de Jesús como verdadero Salvador de las naciones, Dios nos ha bendecido en Cristo y «la misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan» (Sal 84,11). La misericordia que viene de Dios y nos salva se ha revelado en Jesucristo, quien nos ha reconciliado con Dios en su sangre redentora y ha cumplido toda justicia, fundando así la paz que reconcilia y salva. Al aceptar Jesús en su bautismo cumplir toda justicia, ha comenzado a recorrer el camino del designio de Dios sobre él. El Hijo de Dios vino a nosotros para hacernos hijos de Dios y no vaciló, como había profetizado Isaías, hasta implantar la justicia en la tierra; es decir, hasta hacernos a nosotros justos con el perdón de Dios, abriendo el camino de justicia que conduce a la salvación para todos cuantos le reciben y no le rechazan.

Hoy como siempre la humanidad necesita al Salvador del mundo, para no sucumbir al pecado, para no encenagarse en la injusticia ignorando los mandamientos de Dios. Algunos piensan que los cristianos debemos callar y ocultar la fe que profesamos para no ofender a quienes discrepan, a quienes tienen otras creencias religiosas o no profesan religión alguna. Si lo hiciéramos traicionaríamos el mandato de Cristo de llevar la Buena Noticia de la salvación y ocultaríamos la verdad que hemos conocido en Cristo. El precio de la convivencia entre unas creencias y otras, entre cristianos y los que no lo son, no pasa por abdicar de nuestra fe renunciando a anunciar a Cristo, callando ante los hombres él es el Salvador de las naciones. La sentencia de Jesús no admite distorsión alguna: «a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos» (Mt 10,33). Los magos lo adoraron como el Salvador que había de venir y el mismo Dios Padre nos lo muestra en el bautismo como el Hijo amado al que hay que escuchar. No podemos ocultarlo ante el mundo, hemos de anunciar a Jesús para la salvación de los demás y nuestra propia salvación.

Cada uno de nosotros hemos de llevar la palabra de Dios a quienes no conocen a Cristo, y lo hemos de hacer con nuestra palabra y nuestras obras. Como dice san Pablo, en la carta a los Romanos: «Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? Y ¿cómo anunciarán si no los envían?» (Rm 10,14-15a). Como nos lo recordaba el Papa el pasado octubre en la Jornada Mundial de las Misiones: todos los bautizados somos enviados y Cristo nos ha convertido en testigos de la Buena Noticia de la salvación. Lo hemos escuchado en las celebraciones de Navidad en palabras de Isaías: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz, que anuncia la buena noticia…!» (Is 52,7).

Hemos de acoger la palabra de Dios y proclamarla, como hizo María, la madre del Señor, que la acogió en la obediencia de la fe y la dio al mundo, al dar a luz al Autor de la vida. María proclamó las maravillas de Dios obradas en ella y así entonó el cántico de alabanza que ilumina el mundo y lo llena de esperanza. María está espiritualmente presente entre nosotros, representada hoy en la sagrada imagen de la Virgen del Mar. Pidamos a María que nos ayude a creer con firmeza, y desahoguemos ante ella nuestras penas y alegrías, las dificultades que tenemos para vivir como cristianos y transmitir la fe a las nuevas generaciones. María siempre acoge nuestras súplicas y con nosotros las presenta a su Hijo. No le ocultemos nada de lo que llevamos en el corazón y dejemos que suavemente ella nos lleve hasta su Hijo nuestro Salvador, que ahora se nos da en alimento de vida eterna en la celebración de la Eucaristía.

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