Desde que quedamos confinados nos hemos hecho muchas preguntas, la más repetida es si lo vivido habrá servido de algo. La realidad, el peso de la economía en nuestras vidas, la historia de la humanidad, la insensatez humana, les da argumentos irrefutables a los que están convencidos de que nada va a cambiar, pero yo sigo pensando que lo experimentado en estos meses no habrá sido una pérdida de tiempo. Aunque sea de manera inconsciente sus enseñanzas, sus huellas, quedarán en nuestra memoria, la individual y la colectiva, y nos harán reconducir nuestra existencia. La dirección que tomemos ya es otro debate.

El filosofo Emilio Lledó dice que los seres humanos somos memoria y lenguaje, que si no tuviésemos memoria no sabríamos quienes somos. Luego, es cierto, y eso es lo que nos diferencia de los demás seres vivos, tenemos que interpretar esos recuerdos, esos archivos de información, y dependiendo de cómo lo hagamos, tomaremos un camino u otro. Tenemos la capacidad, y la posibilidad de modificar nuestros hábitos, de cambiar de rumbo, de redirigir nuestro futuro.

Esa capacidad de transformación social se ha basado en la educación, en la transmisión de lo aprendido de una generación a otra, de lo experimentado, de lo vivido. Un proceso constante que nos posibilitó adaptarnos al medio, sobrevivir como especie y evolucionar nuestras sociedades, hasta que empezamos a no mirar al pasado, a nuestro entorno, y creímos que lo habíamos aprendido todo y dominábamos el mundo. Desde ese momento pervertimos la educación y la utilizamos como herramienta para dominar al grupo, para controlar nuestras ideas y dirigirlas en una única dirección, el crecimiento continuo, costase lo que costase.

Sin embargo a veces suceden cosas que no controlamos, que aceleran esos cambios, que reprograman con un click la información de las células más pequeñas de nuestra sociedad. Si analizamos esta crisis sanitaria podemos pensar que el impacto es puntual, insuficiente para provocar una gran reacción, pero si pensamos en los últimos 15 años podemos suponer que el cambio es inevitable.

Mi generación creció con una gran autoestima, pensando que podía decidir su futuro, que todo dependía de nosotros. Presentíamos una sociedad solida cargada de oportunidades, y que solo nuestro esfuerzo, nuestro trabajo, determinaría la vida que llevaríamos. Si cumplíamos con lo establecido, si hacíamos lo que nos decían, todo iría bien. Luego nos chocamos con la cruda realidad, pero por lo menos crecimos con ese pensamiento.

Ahora, nuestros jóvenes no saben a qué atenerse. A la mala experiencia de sus padres, que se sienten engañados y esclavizados por el sistema, se le suma que en menos de dos décadas les ha tocado vivir, con la que se nos viene encima, dos crisis económicas. La primera hizo tambalear su seguridad, mandó a sus hermanos, a sus primos mayores al extranjero para buscarse la vida, colocó a sus padres en la cola del paro, premió a los ladrones y a los que habían provocado la crisis. Esta segunda parece que la encaramos de otra manera diferente, aunque luego ya veremos porque los peces gordos no van a renunciar a nada, protegiendo al ciudadano, al más débil, pero con la seguridad de que nos enfrentamos a una larga travesía en el desierto, donde lo único que tenemos seguro, es que pasaremos calamidades.

Además, por si eso no fuese suficiente, han vivido esta crisis sanitaria que ha puesto el mundo patas arriba, que nos ha encerrado a todos en casa, que nos ha mostrado la fragilidad de las construcciones humanas. Han visto el miedo, la incertidumbre, la impotencia de los adultos que deben protegerlos y que solo han podido pedirles calma, pero que no han sabido responder a sus preguntas y explicarles lo que pasará mañana.

Si a esos episodios sociales, políticos, económicos, le sumamos la gran amenaza del Cambio Climático, que les asegura que las condiciones ambientales van a cambiar y que nadie les puede garantizar el agua para beber, las temperaturas adecuadas para desarrollar sus cultivos, su salud ante la propagación de las enfermedades, que no tendrán que migrar, la predicción de las riadas, su confusión debe ser monumental, y la confianza en su futuro debe andar por los suelos.

Tengo claro que las respuestas individuales hacia estos eventos traumáticos difieren de las circunstancias en la que les ha tocado vivir a cada uno, pero la semilla del miedo, la ansiedad, los temores generalizados y la pérdida de autoestima, ya crece en la generación que debe sucedernos. Y eso no es bueno.

Si pudiese aconsejarles algo, es que no dejen su futuro en nuestras manos, que desconfíen de nosotros, que los hemos llevado a esta encrucijada. Que analicen como llegamos hasta aquí y se pongan a trabajar por el mundo en el que quieren vivir. Espero que sean más inteligentes que nosotros, y que aún no hayamos llegado al punto de no retorno.

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