Dos artículos científicos publicados en las últimas semanas me han hecho recordar el superventas de Yuval Noah Harari, De Animales a Dioses, que luego completó con Sapiens y 21 lecciones para el siglo XXI. El ensayo es muy recomendable en estos tiempos de transición, y no me refiero solo a la crisis sanitaria, ya que esta viene a ser una consecuencia de otras crisis imparables que nos han tocado vivir, la ambiental, la sociopolítica, la económica y la cultural.

El primero, realizado por investigadores de la Universidad de Almería, ha encontrado la manera de explicar, a través del estudio de los yesos de las Cuevas de Sorbas, el desarrollo y la caída del Imperio Romano en Hispania en relación a los cambios climáticos. O lo que es lo mismo, demuestra científicamente, que la alteración del clima, es capaz de crear y destruir imperios. Una lección que deberíamos aprender. Es cierto que es otro tiempo, que el conocimiento, la tecnología está mucho más avanzada, pero quizás la mítica frase de Felipe II tras la derrota de la Armada Invencible se convierta en nuestro epitafio: “No mandé mis naves a luchar contra los elementos

El segundo es el que ha salido en las noticias de todo el mundo, el de las pruebas de que haya podido existir vida en Venus. Un titular sensacionalista basado en unas evidencias nada esclarecedoras, ya que la fosfina de la atmosfera venusiana, puede ser debida, como explican los autores de la investigación, a otras muchas causas alejadas de la existencia de vida microscópica.

Dos estudios que resumen, a mi juicio, el ensayo de Hariri, quien se atrevió a resumir la Historia de la Humanidad en apenas 500 páginas. Un gran riesgo el de simplificar algo tan complejo, pero muy ilustrativo. Para el historiador hay tres revoluciones en la evolución del Homo Sapiens sobre la Tierra: la cognitiva donde empezamos a proyectar e imaginar mitos, leyendas, creencias más allá de la realidad palpable en la que vivían los cazadores recolectores y que propició la colaboración entre grupos más grandes de individuos y la expansión por el planeta, alejándose de la biología y comenzando una evolución cultural ; la agrícola, a su juicio un gran fraude, que dio lugar a la aparición de la perspectiva de un futuro, de tribus, ciudades, imperios, la escritura, la economía, las guerras, la ambición desmesurada ,las religiones, las enfermedades, la destrucción de ecosistemas, la desaparición de especies; y la tecnología que comenzó hace 500 años y que nos trajo la confianza en la ciencia, el capitalismo, y una visión global que nunca tuvimos.

De su fácil lectura la conclusión más generalizada es que el momento actual es solo el siguiente paso de una evolución cultural que comenzó con la revolución cognitiva. Los cambios que estamos viviendo en el planeta se han repetido una y otra vez. El clima ha variado en múltiples ocasiones dejando a su paso cosechas heladas, enfermedades, hambre, tierras baldías, civilizaciones destruidas. Los imperios han caído y erigido por todo el planeta de manera simultánea a base de ambiciones políticas, económicas, territoriales, dejando a su paso millones de muertos anónimos en el camino. Las religiones, las ideologías, los credos de unos pocos han dirigido nuestro día a día, cargándonos de culpas, miedos y  falsas promesas, por los que era justo matar y aniquilar al otro.

Nada ha cambiado y nada cambiará en la esencia del Homo Sapiens que aspira a un gobierno mundial, a una política global que habrá que sustentar en más sangre, más dolor, más terror, más inseguridad, más control del individuo disidente. Un Homo Sapiens al que la Tierra se le ha quedado pequeña y que busca nuevos planetas para colonizar, para seguir expandiéndose, para perpetuarse en el Universo, para dejar de ser animales y convertirse en dioses.

Una perspectiva nada halagüeña que se escapa a la mayoría de los mortales, que vivimos nuestra existencia pensando en sobrevivir, sabiéndonos números con los que dirigentes insensatos, ambiciosos y sin escrúpulos juegan a su antojo, con nuestras vidas y nuestro planeta, repartiéndose ganancias, territorios y poder. Somos daños colaterales a los que entretienen discutiendo por las mascarillas, contentándonos con el internet de alta velocidad, prometiéndonos que cuidarán de nosotros, pero con la seguridad de que somos los peldaños necesarios para alcanzar el Olimpo desde donde manejarnos.

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