Estamos inmersos en la extinción de un gran incendio, y a pesar de que hemos podido controlar las llamas, no podemos bajar la guardia. Por experiencia sabemos que la confianza es mala consejera cuando las ruinas siguen humeando, cuando las ascuas siguen incandescentes. Un cambio en la dirección del viento y volveremos a estar rodeados por el fuego, y eso sería catastrófico. Por eso es el momento de la prudencia, de mantener la calma y hacer el último esfuerzo para extinguirlo definitivamente. Lo conseguiremos, no me cabe duda, pero este incendio no es el verdadero problema, hay que buscar el origen, matar al dragón que lo originó.

En realidad no es solo uno, es una estirpe de dragones, la del neoliberalismo, que llevan amenazándonos desde hace décadas. Deberíamos haberlos aniquilado y sin embargo, por la ambición de unos pocos y la creencia de que con su ayuda podrían dominar el mundo, los hemos sobrealimentado con nuestros actos cotidianos. Sabíamos de su peligro, de su amenaza, de las catástrofes que provocaban, pero como lo que ardían eran los bosques de las tierras lejanas lo dejamos pasar. Pensábamos que nunca llegaría a nuestras puertas, a pesar de las advertencias, de las evidencias, de que el humo estaba cerca. Solo cuando el terror se ha hecho palpable al mismo tiempo en todo el mundo, cuando ha llegado al corazón de las ciudades, cuando le hemos visto la cara a la muerte, nos hemos dado cuenta del peligro de vivir pensando que el problema era de otros.

El COVID-19 nos ha enseñado que no podemos seguir ignorándolos, ofreciéndoles sacrificios para que nos dejen en paz, para calmar nuestras conciencias. Es hora de acabar con ellos, porque si no lo hacemos ahora, si no nos enfrentamos al verdadero problema, acabarán con nosotros. Y pueden pensar que como en los cuentos de hadas, llegará un héroe para salvar a la princesa, matar al dragón y liberar al reino del estado de terror instaurado por su presencia. No, a estos dragones los tenemos que eliminar entre todos, porque todos hemos colaborado en su alimentación, todos permitimos que se descontrolasen.

Pongamos un ejemplo, centrémonos en el dragón del Cambio Climático, uno de los más temidos, de los más sanguinarios, de los que más daño nos está causando, y seguirá haciéndolo cuando todo esto pase.  Él solo es capaz de hacer subir la temperatura del planeta, de intensificar olas de calor, periodos de sequia que provocan grandes migraciones de seres humanos que huyen buscando alimento y agua. Modifica las corrientes marinas, provoca la subida de los mares,  agrava enfermedades como el dengue, el paludismo,  la malaria. Millones de muertes cada año que seguirán en aumento mientras no hagamos nada por evitarlo.

Muchos expertos relacionan la aparición de esta pandemia, por las condiciones a las que estamos sometiendo al planeta. Alimentado nuestro ego, nuestra comodidad, hemos roto el equilibrio natural, hemos perdido las defensas para protegernos como individuos y como especie.  La contaminación, el aumento de la temperatura, la pérdida de biodiversidad han hecho que este virus nos ponga contra las cuerdas.

Pero en medio de la catástrofe hemos encontrado el camino. Tenemos la sensación de que durante esta crisis hemos aprendido a mirar lo que nos rodea, a entender la importancia de la naturaleza para nuestra existencia, a recuperar el vínculo que descuidamos. Como los niños que vuelven a los brazos de su madre cuando les duele algo hemos buscado el abrazo materno, el regazo para protegernos frente a la tormenta, la paz, el latido para calmar nuestra angustia, nuestro desasosiego, el refugio de la palabra precisa, de la mirada perfecta, las respuestas a las preguntas que confundidas deambulan por nuestra cabeza.

Pero lo más importante es que todas las reivindicaciones que se están haciendo para fortalecer nuestra economía, para sentirnos más seguros ante posibles contagios, son las mismas que se han defendido en las últimas décadas para luchar contra el Cambio Climático: la apuesta por lo local, por lo pequeño, por lo que nos diferencia, frente a lo global que nos limita y debilita; por la agricultura, ganadería y pesca de proximidad;  la reducción de residuos al disminuir el consumo de productos innecesarios; la disminución de los gases de efecto invernadero al eliminar el trafico de nuestras ciudades, la producción masiva; la apuesta por el  teletrabajo, por la bicicleta como transporte alternativo; la mirada al mundo rural donde paradójicamente, se han sentido menos dependientes; pero sobre todas las cosas, lo mejor que hemos aprendido ha sido a valorar la libertad y a relacionar esta con la naturaleza, al añorar la caricia del sol, la arena bajo nuestros pies, el viento enredado en nuestro pelo.

 Hay que acabar con los dragones o nos pasaremos la vida apagando fuegos, y ya saben que quien juega con fuego se termina quemando.

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