Tren digno ya

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Me gusta vivir en el Sur del Sur entre otras cosas porque es casi literalmente una isla paradisiaca aunque no esté rodeado completamente el territorio por el mar. Nos sentimos a salvo y alejados de la contaminada y bulliciosa capital: lejos de cualquier lugar, incluso de las capitales de provincia limítrofes. No sé si nos hemos acostumbrado a ello o pensamos que es un precio que tenemos que pagar para vivir en esta provincia y en esta ciudad celeste bañada por un tranquilo mar.  Salir de la isla es toda una Odisea, como la de Ulises en Ítaca, y regresar a Ítaca puede ser entre la aventura y la pesadilla, sobre todo si lo haces en tren.
Viajar en tren ha dejado de ser una idea romántica en el imaginario de los que salimos y visitamos Almería. Salir o llegar al desierto, tras más de seis horas de viaje, se convierte en una prueba de resiliencia a toda clase de devenires: atrasos, averías, no accesibilidad, etc. En mi última incursión a la capital, el viaje en tren, a la vuelta, en vez de ser un momento para ordenar ideas, descansar, meditar, escribir, leer, dialogar, etc. fue una prueba de resistencia a las altas temperaturas. En el exterior el termómetro marcaba cerca de los cuarenta grados centígrados, así que no me quiero ni imaginar la temperatura “confort” que llevábamos en los vagones nada más salir de la Estación de Atocha. Los llamados nuevos Talgo VI son trenes “remozados” para cubrir el trayecto Almería-Madrid y a la inversa, gracias a ellos los asientos son más cómodos y podemos llegar a destino con las baterías de los móviles cargadas y si llegas tarde, o muy muy tarde, a la Estación de destino puedes, por ejemplo, llamar a un taxi sin problemas, o no aburrir a quien te vaya a recoger con enorme cortesía en cualquier estación de tren de la península. Estos nuevos trenes no paran de tener incidencias, una tras otra, y el pasado domingo viajar en ellos se convirtió en un infierno literal por las altas temperaturas que se vivieron. Desde Atocha nos quedamos sin luz y hasta llegar a Guadix no se pudo solucionar. En la cafetería el calor era infernal y antes de que se montara una revolución a bordo por megafonía anunciaron el reembolso del cincuenta por ciento del billete por las molestias ocasionadas. Concluyeron diciendo que el aire acondicionado funcionaba al cincuenta por ciento. ¿Y si llega a funcionar al 33,33 por ciento nos devuelven el 33.33 del coste del billete? Fue una tomadura de pelo y que nos callaron con el mismo. En el tren había niños y niñas pequeñas e incluso, en mi vagón, un bebé al que los padres calmaban como podía. La bebé estaba tumbada en la mesa dormida y no paraban de abanicarla como podían: con tesón, con mimo, con cuidados. La imagen era la de cualquier tren, en cualquier parte del mundo, o en la de este mundo, hace más de cincuenta años. Al llegar a mi Ítaca particular, y al despedirme de una mamá y su hija que estaban junto a mí al otro lado del pasillo, les dije: si hemos resistido este viaje podremos ir a cualquier parte del mundo. La niña me sonrió con su mochila en los hombros y seguramente imaginó otros paisajes en los que transitar. Tuve que bajar hasta el mar para calmar mi calor y mi indignación. El 50% no es suficiente para reparar la dignidad. Y esta fue la vuelta, la ida unas 48 horas antes en mi vagón, el número 6, desde las 7.30 h hasta las 13.43 h en que llegó a Atocha fue de una gran tensión, debiendo existir protocolos para estos casos: un hombre fue incomodando y abordando a cada una de las mujeres del vagón en el que viajábamos. Y en mi caso, a pesar de ser una mujer como se suele decir echada para adelante, no dije nada, solo estaba atenta a que se volviera más violento, más acosador. Nadie dijo nada por miedo. Se movía a sus anchas de un lado al otro del vagón, a cada asiento libre que había junto a una mujer. En Atocha respiramos tranquilas las que nos bajábamos en la Estación de Chamartín porque se bajó allí. Cuando nos quedamos a solas les dije a las mujeres que estaban junto a mí: no se puede viajar así tan vulnerables sin que nadie haga nada y una de ellas contestó: “Había pagado el billete. Los revisores no pueden hacer nada”.
Me quedé en silencio aturdida por el viaje y por la reflexión de la pasajera. Las mujeres lo tenemos interiorizado y normalizado, y ni siquiera nos damos cuenta de que eso es una agresión en toda regla. Y a su vez, la ciudadanía de Almería tiene interiorizado y normalizado que no se invierta en infraestructuras y que no exijamos a nuestros representantes unos trenes dignos. Viajar es un placer y, a veces, viajar a media voz lo es. Escribí unos versos perdidos en anteriores viajes que dicen: “Viaja la mariposa/ sujetando/ entre sus patas/ las teclas/de un decrépito piano/”. Decrépito es nuestro tren y decrépitos nuestros políticos antagonistas a la ciudadanía que clama un tren digno en Almería.

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