Ser sal y luz

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Si entendemos por «inculturación» la encarnación del Evangelio en la cultura, es decir, el proceso de armonización del cristianismo con las culturas autóctonas de los pueblos; o dicho de otro modo, el procedimiento por el cual la vida y el mensaje cristianos se insertan en una cultura particular, se encarna por así decirlo en una comunidad cultural, en una sociedad determinada, de tal modo que puedan producir nuevas formas inéditas de pensamiento, de acción y de celebración. No obstante, no puede haber una auténtica inculturación de la fe si no reconocemos y aceptamos críticamente nuestro pasado cultural cristiano. Pasado que nos ha legado un conjunto de instituciones, tradiciones, costumbres y obras artísticas sin las cuales no seríamos hoy lo que somos, es decir, no tendríamos una identidad propia y específica.

Una mirada atenta a todo nuestro patrimonio cultural nos revela el enorme vigor y la influencia creativa de la fe cristiana en todos los ámbitos de la vida. Así, desde las catedrales hasta los pequeños templos, desde las costumbres hasta la cocina, desde las tradiciones hasta las formas de pensar y de sentir, todo ha sido «sazonado e iluminado» por el cristianismo. No ser consciente de ello, o no darle la debida importancia, nos convierte en miopes de la historia, en cómplices del totalitarismo de la postmodernidad, para la que todo cuanto existía antes de ella es completamente criticado o eliminado, y, lo que es más grave, en enemigos de la encarnación de Cristo en la historia real de los hombres de cada generación.

En resumidas cuentas, la actitud ante nuestro patrimonio nos exige, no sólo su conservación, sino también, el desarrollo de todas sus potencialidades. Es más, bajo esta perspectiva de una fe inculturada, debemos tener en cuenta que nada que sea objeto de conexión entre la vida y la fe debe ser desaprovechado o invalidado.

Pero, ¡ojo! Si sólo nos dedicásemos a conservar y potenciar los elementos tradicionales, entonces no sólo nos imposibilitaríamos para un diálogo fecundo con la cultura dominante de nuestra sociedad, sino que además reduciríamos la fe cristiana a una experiencia particular y aislada sin capacidad alguna para ser «sal y luz», verdadero fermento, en nuestra situación actual. Este es el reto permanente del proceso de inculturación que tiene la Iglesia de Cristo, en cada tiempo y lugar, que la fundamentación de la relación «cristianismo y cultura» lleve siempre a la incidencia de «la fe en la vida», es decir, que nos lleve siempre a ser «sal y luz».

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