Moros y rumanos colocan a los almerienses al borde de un ataque de nervios

La sensación de inseguridad que estamos padeciendo los almerienses de a pie es tan pronunciada que bien podría decirse, sin temor a ser desmentido, que se está viviendo una auténtica psicosis social, tanto en las zonas urbanas como agrícolas, sin parangón con épocas pasadas en las que se vivieron similares circunstancias.

Viviendas bunker izadas y almacenes agrícolas con vigilancia podrían ser dos muestras de la situación de inseguridad que los ciudadanos de a pie estamos padeciendo, y que popularmente se atribuye a marroquíes y a rumanos como artífices de ella. Las reseñas periodísticas tampoco dejan a lugar a dudas, aunque como toda generalidad tiene sus honrosas excepciones.

Lo cierto es que tenemos calles de Almería por las que resulta toda una aventura pasar, ya que se ha extendido la leyenda de que cuantas mujeres por allí deambulan serán objeto de atención de los troneros, generalmente niñatos que no tienen formada su personalidad y distraen su tempo fijándose en lo ajeno como medio de vida. Estos niños en lo que tampocose ha formado su físico fijan su estrategia delictiva en puntos muy concretos, como son los semáforos y es lo suficiente que lo hagan unas cuantas veces en los mismos lugares para que extiendan la incertidumbre sobre las peatones y las conductoras de un determinado núcleo urbano.

Especial ingenio, virulencia y profesionalidad parece que alcanzan algunos delincuentes que actúan en grupos perfectamente sincronizados, causando el estupor de las víctimas que se han visto en la necesidad de bunkerizar sus centros comerciales y los lugares más íntimos como son las viviendas, que han convertido en auténticas cámaras acorazadas,  principalmente en zonas urbanas habitadas por familias con poder adquisitivo por encima del ciudadano común, aunque desafortunadamente no están exentos éstos de ser víctimas de los desaprensivos que han convertido el patrimonio ajeno en parte suyo.

Bien es cierto que, en la época de la hambruna por la que atravesó España hasta la década de los 70, existía una cierta garantía de respetarla propiedad ajena en las zonas urbanas, donde las puertas de las viviendas permanecían abiertas durante el día y algunas noches en las que se dormía en una hamaca en las terrazas las noches de verano como una habilidad para sofocar el acuciante calor del verano. Entonces los amigos de lo ajeno fijaban su atención en las huertas, en los almacenes agrícolas y en los corrales. Hoy, como hace medio siglo, también la inseguridad de las  haciendas de los agricultores y ganaderos, generando una auténtica preocupación en los sufridos hombres de la tierra y en los granjeros, que igualmente su ejecución adquiere niveles espeluznantes. Zonas agrícolas en las que algunos de los afectados están sintiendo la  necesidad de patrullar el área para prevenir los robos de animales, productos  agrícolas y aperos o elementos de la industria agrícolas como motores, cable, máquinas y demás útiles para la agricultura industrializada del siglo XXI, donde también ha aparecido un ejercicio sexual que a los europeos nos resulta degenerativas, inhumanas y fruto de la exasperación sexual como es la práctica zoofílica.

Indefectiblemente cuantos afectados denuncian el robo del que han sido víctima lo atribuyen a delincuentes de nacionalidad de países del Este o del Norte de África, principalmente rumanos y marroquíes, dependiendo del modo con que han operado y/o de lo que se han apropiado indigna, ilegal y forzadamente. Ambos han conseguido generar una psicosis social en la provincia de Almería que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no han conseguido anular y que la normalidad vuelva a las calles y campos almerienses.

El aumento de vigilancia policial no está extirpando estos hechos delictivos, que tiene en la apropiación de lo material ajeno, aunque habría que conocer otras variantes de la delincuencia, pero lo que está produciendo la  psicosis social en las zonas urbanas y agrícolas es el robo. Decía que el incremento de agentes policiales y medios a su alcance para prevenir y perseguir el delito no están resultando suficientes, como se está constatando. Resulta obvio que si la eficacia está menguando y los métodos de los delincuentes están aumentando, algo está fallando, como puede ser que los medios con los que el Estado de Derecho combate el delito se está quedando obsoleto, y si eso es así es que se está haciendo necesaria su adecuación a los tiempos actuales. Doctores  tiene la Iglesia, por lo que me limito a reseñar una constatación y a lo sumo a apuntar la causa que lo está motivando, dejando, como digo, el tratamiento a los estudiosos. Lo cierto es que los almerienses de a pie estamos preocupados por  nuestra seguridad tanto física como la de nuestras haciendas o enseres, fruto del esfuerzo de nuestro trabajo y sacrificio.

Esta situación ha conseguido asociar alarmantemente inmigración a delincuencia, de la que tanto hemos rehuido hasta ahora, pero es que la delincuencia que conocemos y que está produciendo esta psicosis es la que está producida por extranjeros, que suponemos ha quedado en situación de indigencia y piensan que peor estarían en sus respectivos países por mal que lo estén pasando en España, y encima el coste para superar esa situación es considerada baja. Así no está resultando difícil encontrarse con víctimas de los delincuentes que opinan una situación peor durante el verano al haber acabado la temporada agrícola, principal sector productivo que acoge gran parte de esta mano de obra.

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