Manolo Ballesta. Reivindicación de un buen militante

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Alguien que no lo conociera demasiado se podría preguntar qué ha hecho Manolo para merecer siquiera el sencillo homenaje de dedicar unas palabras a su memoria cuando se cumplen los dos años de su muerte.

 Recordar a Manolo Ballesta no significa acordarse sólo de él, sino también de todos/as aquellos/as militantes que han hecho y hacen posible día a día que exista la organización política de Izquierda Unida, que ésta funcione, mal que bien, que tenga cierto peso social (un millón de votos no es una cifra despreciable) y que se puedan alcanzar algunos objetivos – menos de los que nos gustaría-. Sin la militancia nada de ello sería posible. Los más comprometidos/as militantes permanecen casi siempre invisibles para los medios, aunque son siempre imprescindibles para la Organización. Estamos seguros de que Manolo sería el primero en compartir esta breve evocación con todos/as los/as buenos/as militantes.

 No obstante, queremos dejar claro que estas palabras no están inspiradas en el militante desconocido, sino antes que nada en Manolo Ballesta a quien todos conocíamos y apreciábamos. Es cierto que Manolo no ha sido ningún héroe, (casi nadie lo somos) no ocupó nunca un cargo político (ni creo que se lo propusiera), ni fue un líder de masas, ni un brillante orador o escritor, o sea, como la mayoría de quienes lo conocíamos, como la mayoría de nosotros/as. En él apreciábamos que contábamos con una buena persona en quien se podía confiar, un buen compañero, un hombre de la clase obrera con plena conciencia de clase, un republicano, un luchador, un militante ejemplar, capaz de mantener la dignidad y la lealtad en medio de un mundo en el que cada día la degradación de la actividad ética y política de las cúpulas dirigentes -fuera de control democrático- trae como consecuencia que tanto la dignidad como la lealtad se deprecien constantemente de la mano de las sobrevaloradas corrupción e incoherencia.

Se comportaba como aquel militante que hubiera querido tener todo camarada a su lado: disponible siempre para todo, no eludía nunca el trabajo, omnipresente, además de animoso, disciplinado, solidario y optimista. Un militante real, auténtico, en eso precisamente radicaba su mejor virtud, en la autenticidad, como otros buenos militantes históricos, pese a que muchos de ellos quedaron en el anonimato, no en el olvido.

 Tras su muerte, a algunos nos llevó un tiempo hacernos a la idea de que podía haber manifestaciones, asambleas, reuniones, asociaciones de vecinos, sindicatos o cualquier otra actividad política en la que participara IU y el PCA sin la presencia de Manolo, sin sus banderas, sin su gorra y su engañifa de cigarrillo. Pero su presencia era algo más que una simple aparición pasiva, Manolo era un activista. Con su disposición permanente para acudir a cualquier llamada de IU o del PCA respondía a su manera a la pregunta de Lenin, ¿Qué hacer?: sin duda, sumarse a cualquier acción que nos acercara un poco más a la izquierda revolucionaria, a la izquierda alternativa, a la  3ª República. Tal vez por eso se hizo comunista (o lo era de nacimiento), primero militó en el PSUC, luego en el PCA, del cual, por razones que no vienen al caso, causó baja un tiempo antes de su muerte. Militó en IU hasta el final de sus días y abrazó alegre, sonriente y rejuvenecido la llegada del 15M donde Manolo con su gorra se hizo omnipresente y querido.

Su baja en el PCA lo entristeció pero, que sepamos, pese a ello, nunca se consideró una víctima, nunca se apocó, continuó luchando igual que lo había hecho siempre, con la misma dignidad, por los mismos ideales revolucionarios, republicanos y comunistas, aunque ya sólo desde IU, hasta su muerte física, porque la otra, la de la memoria, nos ocuparemos de aplazarla sine die.

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