Los seres caídos se convirtieron en seres humanos

0

Como judíos, los contemporáneos de Jesús partían de la idea de que una persona puede encarnarse varias veces. Cuán viva estaba la enseñanza de la reencarnación en el cristianismo de los orígenes antes de ser víctima del complot de la casta sacerdotal, se demuestra de manera ejemplar en el gran maestro del cristianismo de los primeros tiempos, Orígenes (185-254). Él fue sin duda el erudito más conocido y significativo del cristianismo antiguo. Su sabiduría y su vida esclarecieron espiritualmente por más de tres siglos toda la región mediterránea. No obstante Orígenes vivió justamente durante una época en la que el cristianismo originario se estaba transformando a marchas forzadas en una institución de poder, basada en rituales externos y tradiciones adoptadas del paganismo. Orígenes ya en vida fue combatido implacablemente.

 

Pero ha llegado el tiempo en que Cristo mismo ha regalado y aclarado nuevamente a la humanidad el conocimiento de la reencarnación a través de la palabra profética, dada por Gabriele, la profeta de enseñanza y mensajera de Dios para esta época. Desde hace casi 40 años Dios el Padre todopoderoso y bondadoso ha vuelto a hablar a Sus hijos. Y tal como Jesús lo anunció hace 2000 años Él nos ha conducido a través de la palabra profética a toda la verdad, en la medida en que los seres humanos la puedan comprender.

 

El hombre cosecha lo que ha sembrado anteriormente. Lo que se nos presenta en esta vida lo hemos provocado nosotros mismos, posiblemente en una vida anterior. Hoy lo podemos reconocer y purificar con la ayuda de la profecía actual. ¿No es esto una gran misericordia? Podemos estar agradecidos de que Dios nos regale una y otra vez una oportunidad para liberarnos de nuestras cargas y purificarnos, en vez de como lo afirma la Iglesia, disponer de una única vida en la que todo se tendría que decidir de modo definitivo.


Sin embargo el principio de la reencarnación no tiene tampoco nada que ver con una «auto redención», que supuestamente podría hacer innecesario el acto redentor del Nazareno. Por el contrario: Sólo la fuerza redentora del Cristo de Dios es la que nos permite levantarnos una y otra vez cuando hemos caído, provocar una y otra vez un cambio en nosotros desde el interior, y paulatinamente irnos desarrollando hacia lo superior, de encarnación en encarnación, cumpliendo más y más Su voluntad.


El alma era originalmente un ser espiritual libre de cargas pecaminosas en el Reino de Dios. Pero en algún momento algunos seres espirituales se apartaron de Dios, cayendo literalmente a las profundidades. Esta Caída se produjo por lo tanto debido a la rebelión contra Dios, en la que algunos seres divinos querían ser omnipresentes, ser como Dios. Pero como existe sólo un Dios, y una Ley Absoluta que lo abarca todo, en realidad uno no se puede rebelar contra Dios. Quien se rebela, cae en el efecto de sus causas, en la cosecha de su siembra.

 

 

 

 

De este modo los seres caídos por el suceso de la Caída cayeron en una condensación cada vez más intensa, pasando de lo espiritual, de la sustancia sutil a una existencia material, a una envoltura material. En este traje material el alma está atada en su vehículo corporal a la ley de Causa y efecto, que en última instancia ella misma creó. En tanto el alma esté sometida a estas legitimidades en su cuerpo físico tiene que reparar también el desorden que con sus pecados ha provocado en el orden cósmico. Esto es evidentemente justo, porque no se puede esperar de Dios –como lo hacen abiertamente los teólogos– que haga desaparecer como por arte de magia el desorden que un alma ha provocado por su comportamiento negativo y excesivamente pecaminoso. Pues Dios concedió a Sus hijos la libertad, y esta libertad unida a la ley de Causa y efecto implica que aquello que yo mismo he provocado lo tengo que reparar.

Dejar respuesta