Lo que no sirva al bien común tendrá que ser eliminado

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Cada ser humano y su alma son una enorme emisora que emite y recibe. Esto es igualmente válido para el alma desencarnada, es decir aquella que ya no habita un cuerpo humano. Todo aquello que el ser humano piensa, siente y hace tiene una energía determinada, es el potencial de emisión y recepción que el ser humano constantemente graba y actualiza. A través de éste potencial, la persona recibe a cada instante indicaciones provenientes de su potencial de registro, es decir del lugar de registro donde está grabado y acumulado todo lo que un día pensó, habló, hizo o sintió. Estas indicaciones quieren llamar su atención para que purifique, esto significa que cada persona tiene la tarea de poner en orden, en esta existencia terrenal, aquello que no sirve al bien común, a la unidad, a la paz ni a la libertad, como por ejemplo nuestros comportamientos egoístas que no beneficiaron a nuestro entorno, que dañaron a las personas a los animales y a la naturaleza.

De forma similar le sucede al alma desencarnada, ella será estimulada a eliminar lo excesivamente humano, sus infracciones contra la ley cósmica del amor a Dios y al prójimo  –las personas hablamos de pecados–. Las imágenes que surgen le muestran su luz y sus sombras, estimulando con ello al alma a reconocer lo pecaminoso, a arrepentirse de ello y purificarlo. Así el alma razonable y de buena voluntad puede poner en el orden legítimo lo que está pendiente de ser superado.

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