La Reencarnación. Un don de gracia de la vida

0

La creencia de volver a nacer es tan antigua como la humanidad. Más de la mitad de la humanidad considera como una cosa totalmente natural la ley de Causa y efecto así como el pensamiento de que uno se pueda encarnar varias veces. Esto se encuentra en todos los círculos culturales –en ningún caso únicamente en Oriente como muchos creen.

El pensamiento de la reencarnación fue parte de la filosofía griega, en Pitágoras, en Platón; existía en Egipto y hubo y hay una y otra vez grandes espíritus, poetas y filósofos que con toda naturalidad parten del pensamiento de que podemos vivir a menudo en la Tierra para purificarnos. En los tiempos de Jesús, el pensamiento de la reencarnación se encontraba también en la creencia popular judía. El judío Schalom Ben Chorin, un científico de la religión, escribió: «El pensamiento de la reencarnación es en el judaísmo de los tiempos de Jesús una evidente creencia popular… Por eso la gente consideró a Jesús como uno de los antiguos profetas que volvió a venir (Lucas 9, 8 y 19)


También en la época del cristianismo de los primeros tiempos pasaron muchos escritos de mano en mano, en los que con toda naturalidad se partía del pensamiento de la reencarnación. Así, por ejemplo, en la Pistis Sofía, uno de los evangelios apócrifos (=ocultos), según el cual Jesús, en relación con el regreso de un alma desde el Más allá en un cuerpo humano, dice que el alma bebe «un vaso con la bebida del olvido».Sin embargo, como muchos otros, estos escritos no fueron incorporados al canon de la Biblia eclesiástica. La poderosa Iglesia en formación, que Jesús de Nazaret no fundó, alrededor de finales del siglo I empezó por primera vez a seleccionar determinados textos dejando a otros de lado. Sólo a finales del siglo IV se concluyó este proceso selectivo (canonización).

Jerónimo (345-420), el escritor de la Biblia, recibió en el año 383 el encargo del Papa Dámaso I de redactar en latín un texto bíblico unificado. Así surgió la llamada Vulgata, la Biblia latina que hasta hoy se le «vende» al pueblo de buena fe como la verdadera palabra de Dios. Pero Jerónimo tenía a su disposición cualquier cosa menos una base textual unitaria. Actualmente se conocen cerca de 4.860 manuscritos griegos del Nuevo Testamento, de los cuales no hay dos que concuerden en el texto. Algunos teólogos cuentan hoy cerca de 100.000 diferentes variantes. Jerónimo, que durante su trabajo alteró más o menos 3.500 párrafos en los evangelios, escribió en su tiempo al Papa: «¿No habrá por lo menos uno, que a mí (…) no me califique a gritos de falsificador y sacrílego religioso, porque tuve la osadía de agregar, modificar o corregir algunas cosas en los viejos libros, los evangelios?». Pero ¿qué eliminó y qué agregó él? ¿Y qué es lo que cambió?

Se trata especialmente del conocimiento sobre la reencarnación y de la preexistencia del alma. Jerónimo sabía muy bien que la reencarnación formaba parte de la enseñanza cristiana de los primeros tiempos. En una carta él escribió sobre Orígenes (185-254), el maestro de la sabiduría del cristianismo antiguo, diciendo que según su enseñanza el alma del ser humano «cambia su cuerpo». (Epístola 16) Y en otra carta se encuentra la declaración: «La enseñanza del regresar, desde los primeros tiempos  se predicó como una fe transmitida por la tradición».

A pesar de las muchas manipulaciones de los textos bíblicos, han quedado aún algunas cosas que se pueden leer entre líneas, que al lector atento le pueden dar una cierta idea del hecho de la reencarnación y de la preexistencia del alma. En el Libro de la Sabiduría (Sabiduría 8, 19) se encuentra también una clara alusión a la preexistencia del alma. Salomón, el autor de esta parte de la Biblia, dice de sí mismo: «Yo era un niño talentoso y había recibido un alma buena, o mejor dicho: bueno, como yo era, llegué a un cuerpo puro».

Dejar respuesta