La honradez

Nos hallamos en un momento de la Historia de España en la que la sociedad en su conjunto demanda de sus responsables políticos, especialmente los responsables de los Equipos de Gobiernos Municipales, una conducta intachablemente ética en el cargo público que van a ostentar por nuestra expresa voluntad durante los próximos cuatro años.

Lo que las españolitas y los españolitos de todas clases y condiciones sociales les vamos a pedir a nuestros representantes políticos que salgan en noviembre es, en síntesis, honradez, que no es otra cosa, según describe Doña María Moliner, en su Diccionario de Uso del Español, que “la manera de obrar del que no roba, estafa o defiende”, que viene a ser también la “manera de obrar del que no engaña”, y, en definitiva, la “manera de obrar del que cumple escrupulosamente los deberes profesionales”.
Empero las informaciones publicadas a lo largo y ancho de España durante esta Legislatura Municipal que va a acabar nos ha mostrado todo lo contrario, es decir que no han cumplido escrupulosamente con el deber encomendado y muchos han sido pillados y otros no lo han sido y se erigen protagonistas de los círculos políticos bien informados o en las barras de los bares y cafeterías como antesala de la noticia.
Uno, por no decir el primero, de los valores que tradicionalmente se les vienen inculcando mayoritariamente a las personas en su más tierna infancia es la honradez, que como dicho no es otra cosa que el ejercicio escrupuloso del oficio o profesión que vayan a elegir y venzan toda intencionalidad de hacerse amigo de lo ajeno. La honradez, por tanto, se ha erigido en una filosofía de vida
Y l@s encargad@s de inculcar la honradez como filosofía de vida vienen siendo los padres y l@s educador@s pero también tod@s aquell@s que ejercen una influencia en la sociedad y a la que no escapan los personajes políticos como responsables del elevado grado de liderazgo social que ejercen y que se manifiesta en todos  los órdenes de la vida. Al ser responsables del ejercicio de un fuerte y denso liderazgo social, los personajes políticos tienen el deber y la obligación de ejercer las funciones sociales encomendadas escrupulosamente pero también el deber de fomentarlas.
Es posible que alguien piense que por el momento histórico  por el que nos hallamos se pueda solapar o desplazar la honradez como valor a una mera  reseña del pasado y extirparlos de la memoria histórica, lo que convertiría la sociedad en  una jungla de la que se debería dejar caer su estructura y convertir sus pilares en estrictos órganos jerarquizados a las órdenes del mando político, lo que a la larga nos conduce a situaciones de hartazgo como las que nos suelen amenizar estas fechas desde lugares tan cercanos geográficamente y próximos sentimentalmente como el África del Norte. 
Por ello, aunque solo fuese por esta eventualidad más que cierta, el personaje político principalmente debería velar por la inculcación de una sociedad de valores y entre ellos fomentar el de la honradez en su doble vertiente, el que le esquilma y el que le produce. Pero si se aduce que en la actividad política no existe la honradez, menos la habrá en la actividad económica y producirá rechazo en lo personal, por lo que habría que interrogarse si hoy en día existe la honradez en esta sociedad que se ha construido y habrá que plantearse la sociedad que deseamos dejar como herencia para el futuro y no abandonarla a su inercia.
En mi opinión, la sociedad sin valores en la que nos hallamos se ha convertido en lo más parecido a una jungla llamada a imperar en ella las normas de la mera Naturaleza, y esta pesca en río revuelto es tan temporal como nefasto para la sociedad a la que se dice servir y de la que se sirven, por eso entiendo que, román paladín, «es pan para hoy y hambre para mañana». Por eso, desde mi punto de vista, esta sociedad de valores que está imperando puede ser equiparable a una crisis económica tan aguda como por la que estamos atravesando, y desafortunadamente el personaje político debería incluir su reconstrucción en el programa electoral como reconocimiento explícito del momento por el que estamos atravesando y como voluntad de recuperar una sociedad normalizada y homologada en el concierto internacional civilizado y desarrollado. 

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