¿Es la Biblia un libro de verdadera inspiración divina?

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La fecha elegida para celebrar el día del Traductor es el 30 de Septiembre, día en que murió Jerónimo, autor de la Vulgata (primera traducción de la Biblia al latín), personaje que más tarde sería elevado a santo.  El Papa Dámaso fue quien encargó este trabajo a san Jerónimo pasando a la historia como “La traducción hecha para el pueblo” y la que el Concilio de Trento designó como el texto autorizado por la Iglesia Católica. Sin embargo para hacer honor a la verdad, habría que decir que el trabajo realizado por Jerónimo dejó bastante que desear, algo de lo que él mismo fue consciente a pesar de que históricamente no ha trascendido, entre otras cosas él fue un gran especialista en las sagradas escrituras y un gran conocedor de idiomas como griego, latín, arameo y hebreo, por lo que sus “errores” difícilmente podían ser involuntarios.

 

A pesar de esto habría que recordar que los cuatro evangelios no se hicieron de la noche a la mañana por inspiración divina, sino a través de escritos de redactores desconocidos, que se ocultan tras los nombres de los evangelistas. También ellos tomaron y escribieron lo que habían escuchado de otros, e introdujeron en los textos sus propias ideas y conceptos. Durante siglos se discutió cuales de los diversos, y en parte contradictorios, textos pertenecían a las “escrituras sagradas” y cuales no.

 

Cuando Jerónimo elaboró por encargo del Papa la primera edición completa en latín del Nuevo Testamento, le desesperaron las numerosas contradicciones, imperfecciones y diferentes posibilidades de significado de la materia bíblica. El escribió a su mandante diciéndole que las generaciones venideras le juzgarían como “falsificador de la Biblia”, por haber tenido que escoger y, según su propio criterio, decidir, lo que él consideraba como correcto o falso, como incompleto y necesario de completar. El dijo haber tenido que “añadir algunas cosas y cambiar otras”. Y lo que permaneció sin ser tenido en cuenta fueron los llamados “escritos apócrifos”, que no encontraron cabida alguna en el texto bíblico oficial. Fueron destruidos en parte, o permanecieron más de un milenio perdidos, habiendo sido descubiertos de nuevo en tiempo reciente. Con todo ello la Biblia se muestra como el torso de una estatua sin terminar, como una obra incompleta. Mucho de lo que Jesús de Nazaret dijo e hizo, no está incluido en ella; y no se puede dar crédito a todo lo que allí se “informa”.

 

Decisiones equivocadas como las que tomó Jerónimo a la hora de añadir u ocultar textos han llevado a la humanidad por un camino equivocado respecto de lo que enseñó Jesús de Nazaret, con consecuencias inimaginables, tambien hicieron de la religión católica algo opuesto al verdadero cristianismo. Un solo ejemplo entre cientos lo encontramos en la pregunta sobre la actitud de Jesús y Sus discípulos ante el consumo de carne y el trato a los animales. Entretanto se encontró en textos apócrifos que El advirtió a los hombres sobre el consumo de cadáveres, para que ellos mismos no fueran comidos como un cadáver. Se sabe también que Jacobo, el hermano de Jesús, vivió siendo vegetariano. Y autores del siglo II informan que muchos apóstoles lo hicieron de la misma forma.

Sin embargo, la Iglesia oficial que se estaba formando ocultó estos párrafos y se atuvo al desprecio a los animales según los textos bíblicos oficiales, lo que decidió el destino de estos para los siguientes 2000 años. En concordancia con el derecho romano se les trató como cosas, como seres sin alma, como medio para que seres humanos consiguieran sus propósitos con ellos, abandonados a todo tipo de violencia por parte del hombre. El placer de comer carne se convirtió de hecho en un dogma y el vegetarianismo fue considerado propio de herejes, por ejemplo con los cataros, que en el siglo XIII fuero quemados por miles a causa de vivir como cristianos de forma diferente a como lo quería la Iglesia.

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