¿Hasta cuándo seguiremos sintiéndonos descontentos?

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En este tiempo ruidoso y agitado, en el que los valores éticos y morales van perdiendo su esencia en todos los aspectos de la vida, cada vez más personas se interesan por la existencia de Dios con preguntas como: ¿Dónde está Dios? ¿Existe Dios? ¿Por qué no le podemos ver? También están quienes afirman no creer en Dios, pues son de la opinión de que quien observa este mundo con detenimiento llega a la conclusión de que la existencia de Dios no es más que una fábula. Para quienes se deciden en última instancia por buscar a Dios donde lo buscaron sus padres y abuelos, es decir en las Iglesias, terminan reconociendo que después de una misa se encuentran tan vacíos como cuando entraron; el buscador incansable ha de aceptar apesadumbrado que ni en los ritos, ni en los templos consigue encontrar lo que busca.

El motivo está claro: por mucho que busquemos a Dios en diferentes religiones, en grupos espirituales o en comunidades de fe, y por mucha parafernalia deslumbrante que las iglesias institucionales desarrollen, con el tiempo todo se vuelve vacío. Pues quien no ha encontrado a Dios en el fondo de su alma sigue siendo un buscador que peregrina de una religión a otra. Hágase consciente de que para acercarse a Dios hace ya mucho tiempo que se nos dieron las claves, las cuales podemos activar nosotros mismos sin necesidad de religiones o comunidades de fe: Los Diez Mandamientos a través de Moisés, y el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret. Ambas enseñanzas son extractos de la omniabarcante ley eterna de Dios, de Su amor y libertad, que es vida verdadera.

También está quien opina que no nos hemos vuelto más prudentes, ni nos hemos acercado más a Dios por el mero conocimiento de los Diez mandamientos y el Sermón de la Montaña, lo cual es del todo cierto, pues el tesoro del interior no se muestra a aquel que acumula conocimiento, sino a aquel que activa la fe en sí mismo. Ya Jesús de Nazaret dijo: «Volveos perfectos como perfecto es vuestro Padre en los cielos».

Si por ejemplo el ser humano respira tranquilo en la creencia de que con la sola fe es suficiente para ser salvo, o si se sumerge en un mar de costumbres y tradiciones correspondientes a su religión, nunca encontrará a Dios, ni siquiera cuando afirme haber encontrado aquí y allá muchos destellos de la verdad. Todo lo vivido externamente, por muy deslumbrante que sea, en algún momento se vuelve vacío de contenido. Con ello la persona seguirá buscando a Dios, y con el tiempo se volverá descontenta hasta que el ser humano y su alma encuentren en sí mismo la raíz de la vida. Entonces el alma podrá por fin descansar en el océano de la vida.

Para encontrar a Dios no se necesita por lo tanto una religión externa, ni intermediarios externos, ni comunidades en donde interceden intermediarios. Solo por nosotros mismos deberíamos buscar a Dios y encontrarle en el fondo de nuestra alma. Jesús ya hace 2000 años nos mostró cómo debemos rezar, Él dijo: «Pero tú cuando ores entra en tu cámara, y cuando hayas cerrado la puerta ora a tu Padre celestial que está en lo oculto, y en lo oculto Él te ve, luego Él te recompensará abiertamente».

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