El secuestro de El Mirador

Parece que el verano es una estación del año que tiene gafe para mi vida personal, porque viene siendo la estación durante la que he padecido los acontecimientos más tristes en mi vida personal y más determinantes en la profesional, a excepción de la detención policial en Granada durante una algarada estudiantil.

Pues bien, asumiendo los hechos, debo señalar que desde que en el año 1983 apareciera la primera columna bajo el título genérico de EL MIRADOR mucho se ha comentado en torno a ella y a su autor principalmente, si bien espero haber contribuido humildemente en una ínfima dosis a evaluar a nuestra clase política almeriense o al menos distraer la atención del amable lector que distrae su tiempo en este espacio periodístico.

El mes pasado hizo justamente veintiséis años que se aplicó por primera vez en la España democrática el Artículo 20 de la Constitución Española de 1978 para retirar de los kioscos en la provincia almeriense dos páginas del diario LA CRÓNICA que contenían EL MIRADOR y dos informaciones que se pretendieron vanamente vincular.

Coprotagonistas han discurrido paralelamente el contenido y el continente, es decir lo que se contaba o elucubraba y quien lo describía o relataba. Y la verdad es que no me llamaba la atención porque ha correspondido a una trayectoria vital, y tan es así que cuando escaseaba se echaba en falta, y se sigue echando en falta, y tan es así que, ahora como antes, se provoca, con las mil y una argucias, porque, repito, es una necesidad vital. Estos bíblicos 34 años de vida que tiene EL MIRADOR me han servido, en el plano más negativo, para conocer las miserias humanas más profundas y recónditas en muchos de los que protagonizaron, de una forma u otra, estas reflexiones, y, en el positivo, para constatar la ingente cantidad de personas con buena voluntad, con aguda inteligencia, meritorio comportamiento social, conocedoras de los roles profesionales y del papel a desempeñar así como por la comprensión en el plano personal y mi gratitud por su contribución a neutralizar el ímpetu miserable. 

Auto de la Juez dictando el secuestro de dos páginas de LA CRÓNICA.

EL MIRADOR nació en el desaparecido diario LA CRÓNICA como una columna de opinión que tan solo tenía como límites lo personal, lo ilegal y lo cutre.

En este espacio periodístico solo tienen cabida, en su más de un tercio de siglo, los personajes públicos y/o políticos, así como elucubraciones puntuales que entendiera tuviera interés para el lector por las más diversas razones.

Puedo asegurar, amable lector que distrae su tiempo en este espacio periodístico, que han sido muchas las informaciones de carácter personal y/o profesional de personajes públicos almerienses que se me han ofrecido, sin que haya aflorado públicamente una sola. Filtraciones atendidas con corrección y gratitud pero jamás han ocupado un solo párrafo en este espacio periodístico y por extensión a ninguno por mí elaborado o relatado. No puedo decir lo mismo, y no es una queja sino una constatación que, veinticuatro años después de abandonar profesionalmente el ejercicio del periodismo, sigue latente e incólume, lo que me induce a pensar el grado de afección y necesidad que se posee para verse en la obligada necesidad de aniquilar vanamente al mensajero. ¿Qué necesidad deben tener esos personajes públicos para seguir arremetiendo contra el que fuera Informador y es comentarista político cuando hace veinticuatro años que abandonó ese ejercicio profesional y solamente lo ejerce puntualmente?.

Aunque reconozco públicamente que no olvido, puedo asegurar que perdono y que siento la necesidad vital de ser protagonista involuntario de la atención cobarde y vil en círculos políticos de carácter privado. Sirva esta reflexión para agradecer muy sinceramente el recuerdo por cobarde, malvado, y por negativo que sea, porque me sirve de estímulo para continuar llevando a cabo estas reflexiones que cuentan con el aprecio y valor constatados de un considerable número de lectores, como puedo apreciar por los comentarios, informaciones y documentos que se me hacen llegar por los más diversos medios y que también agradezco muy sinceramente.

Tengo el triste honor pero la mayor honra y la más elevada autoestima que me ha producido el haber sido convertido en el De Juana Chaos político y al que se le ha acusado de todo excepto de ladrón, lo que en estos momentos por los que está atravesando España supone un mérito y no un desmérito.

El reto, pues, a esos hombres dedicados a la actividad pública que en privado tienen la cobardía de atribuirme un sinfín de despropósitos personales sigue estando hecho, y espero una respuesta positiva a mi demanda. Hoy, como hace treinta y cinco años y veintiséis desde que protagonizara el primer secuestro, judicial –por imperativo legal-, de un Medio de Comunicación en España, EL MIRADOR, puedo asegurar, goza de la misma filosofía y contiene el mismo vigor.

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