De centro de castigo a residencia de reeducación

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El asesinato de Laura Luelmo ha supuesto la culminación de mi hasta ahora vana pretensión de llevar a cabo una reflexión sobre las prisiones, antaño catalogadas como centros de castigo y con la Constitución de 1978 como residencias de reeducación, y todo ello a los 40 años de que viera la luz la más longeva Carta Magna democrática y de que el Gobierno de Pedro Sánchez pretenda desenterrar a Franco, suponiendo ello, desde mi humilde punto de vista, un craso error, porque ninguna necesidad hay de utilizar políticamente a los muertos por lo que pienso que se cae en el mismo error que el dictador cometió; y el error con el error supone matemáticamente un error al cuadrado que en política suele pagarse. A mdo de reseña al hilo de lo que considero un error, échesele un vistazo a los comicios andaluces que tan compungidos ha dejado a los socialistas, un tema político apasionante sobre el que emitiré mi opinión en otro momento.

Pues bien, decía que los centros penitenciarios se han convertido con la democracia en residencias reeducacionales, y pienso que efectivamente es así, sobre todo si los que conocimos el Franquismo recordarmos que el condenado a prisión se convertiría socialmente de por vida en un apestado, e incluso cualesfuere el motivo de la condena, y salía de prisión con la sincera convicción de no volver a ella. Hoy en día este binomio se ha invertido, toda vez que los presos salen supuestamente reintegrados socialmente, como a modo de ejemplo macabro estamos pudiendo observar, y con la reintegración acompañada de un sustento económico.

Tengo al respecto un ejemplo muy comentado en amplios círculos almerienses, en el que un preso por determinado motivo que lo condujo a prisión y al salir fundó un partido político que le sirvió de tapadera para seguir haciendo lo mismo por lo que le condenaron y está siendo tratado de deferencia por quienes antes le criticaban y catalogado como un referente; tan real como la vida misma.

Conviene recordar que la inseguridad ciudadana que afloró con el sistema político de libertades públicas fue la primera crítica que se le hizo a éste y el primer aval con el que se sustentaban los nostálgicos del Franquismo, un sector político que se hallaba en uno supuesto centro-izquierda hasta la extrema-derecha que utilizaba la violencia grupal como eran los Guerrilleros de Cristo Rey. Y la inseguridad ciudadana se convirtió en la bandera política de los seguidores de Franco y de los que pretendían otro sistema político de libertades públicas más ralentizado y parecido al imperante en la Alemania Federal post-hitleriana que a la Italia post-fascista.

Las razones que se han venido políticamente aduciendo, recuérdese que no hace mucho en Alemania tuvo que dimitir un Ministro por haber falsificado un título universitario en su juventud, etapa de la vida en la que se cometen todas las irresponsabilidades, en nuestra querida España últimamente le han seguido los pasos algunos y ciertamente el último Gobierno de la Nación electo ha sido desbancado por latronicio mientras algunos de sus dirigentes políticos acumulan decenas de denuncias jucidiciales con gran despreocupación sobre sus consecuencias. No sólo la delincuencia ha penetrado en la clase política, que en el Régimen de Franco era el referente social por su conducta intachable y exquisito respeto, sino que la sociedad española se ha desposeído de los valores tradicionales que la inspiraban y en la actualidad se ha convertido en una sociedad desideologizada en la que todo vale por las escasas consecuencias que tienen sus actos incívicos.

Ante la inexistencia de temor alguno por las consecuencias que se derivan de comportamientos antisociales, proliferan los casos en los que ex-presidiarios vuelven a delinquir intencionadamente para volver a prisión, y hemos vivido una época durante la pasada crisis económica durante la que se practicaba el delito para volver a la residencia reeducacional en la que me cuentan que se tienen más derechos que en la calle, porque a los inherentes a la libertad se añaden los que se adquieren en el internado.

En fin, yo soy de los que piensan, en vista de la convivencia social que nos hemos otorgado mayoritariamente durante estos cuarenta años,  que no estaría nada mal una reforma penitenciaria que convirtiera las prisiones en centros de castigo y no en residencias reeducacionales que a la restricción de la libertad conllevara la devolución de lo económico y la reparación del daño causado.

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