¡Que listos somos (para ver los errores de los demás)!

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Qué listos somos para ver los errores de los demás. Tenemos clarísimo cuando el otro se equivoca. “¡Cómo no se da cuenta de que está comiendo lo que no debe!”, “Se está pasando con el alcohol”, “Esa afición a echar dinero en las tragaperras, no me gusta un pelo”, “Pero cómo no ve que esa amistad no le conviene”… Es una clarividencia inusitada que, curiosamente, solo se desarrolla para los demás. Porque: ¿Os cuento un secreto? Los demás piensan lo mismo de nosotros. En el piso de al lado, nuestra hermana, amigo o compañero de trabajo se están preguntando lo mismo: ¿por qué no vemos donde nos estamos metiendo?

A eso se le llama obstinación. Un estado de ánimo que se caracteriza por obcecarse en el error o, dicho de otra manera, por estar convencidos de que vemos cuando, en realidad, estamos tuertos. Sin duda, somos más lúcidos para con los demás, que en lo que se refiere a nosotros mismos. Ya lo decía el Maestro: La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio…

La alternativa de las pelis americanas es el “tenemos que hablar”. Ese diálogo fluido e inteligente que suelen tener las parejas, los hijos y sus padres, que acaba solucionando la situación conflictiva. Y que, según parece, aquí a España no ha llegado todavía. Será por la alimentación (digo yo). Seguramente, alguna vez habréis intentado interpelar a alguien sobre algo que debe corregir, y la cosa ha acabado en bronca o en un “te metes en tus asuntos, que más gorda estás tú”.

A veces, nos gustaría poder bucear en el cerebro del otro y darle a una palanca para que “viera”, para que se diera cuenta de algo que tú tienes meridianamente claro. Pero hemos de reconocer que, en la mayoría de los casos, las cosas requieren tiempo, paciencia y, por qué no decirlo, algo de resignación.

En el evangelio del domingo leíamos en el diálogo con Nicodemo una sentencia que, no por archiconocida, sigue siendo sorprendente y misteriosa: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz”. Pero, ¿Cómo es posible?, ¿Quién puede preferir el error a la verdad?, ¿Cómo explicar que la gente no apueste por la fe y la vida plena que llega de la luz del evangelio? Es el misterio de la obstinación, la tuya y la mía, a la que el Jefe responde con misericordia, paciencia y ternura.

Hoy quiero pedirte, Señor, que utilice mi inteligencia y clarividencia de análisis para verme mejor por dentro. Que evite juzgar a los demás, porque ya tengo mucho trabajo conmigo (y Contigo). Porque con lo “listo” que me creo, muchas veces prefiero las tinieblas a la luz. Que sea capaz de arrodillarme ante el misterio de la obstinación y sepa invertir mis fuerzas y luces en el necesario trabajo personal para vivir en esa luz que nace en Ti.

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