Es urgente, señor Rajoy

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Créame señor Rajoy y hágame caso

Una de las pocas soluciones que España tiene de reconciliarse, es que usted, al frente de su equipo o gobierno,  vaya a la Generalidad para hablar con los diputados de aquel Parlamento antes de que proclamen la independencia. Habrán de ir con humildad, dispuestos a negociar, a entenderse, a ceder reconociendo que, por encima de todos y todo está el bien de España y de su gente (y, por tanto, del pueblo de Cataluña). Vayan, por favor, arrepentidos y aceptando su parte de culpa (que la hay y grande).

No sé si este mensaje llegará al señor Rajoy, pero, en su caso, me gustaría que siguiera leyendo.

Hace ya tiempo, me llamó mi mujer diciéndome lo preocupada que estaba porque uno de mis hijos, sin avisar, sin decirle nada, pasó la noche fuera de casa. Recuerdo que me indignó y prometí que el fin de semana, que volvía (precisamente en las fiestas de aquella localidad), mi hijo sería castigado.

Usted, señor Rajoy, prometió que no habría referéndum y sí lo ha habido. Usted y su equipo nos aseguraron que nunca habría separación de Cataluña y no podemos confiar que eso no suceda y, menos todavía, con absoluta integridad de la gente. Continúe, por favor, leyendo.

Pues bien, regresé, y mi hijo recibió mi reprimenda, informándole de mi determinación inquebrantable de que no saldría de casa por nada del mundo. Llegó la hora y sus amigos, adolescentes como él, vinieron a buscarle a casa (entre ellos su media-novieja) ataviados para la ocasión. Les hice saber mi decisión y a pesar de sus ruegos tuvieron que marcharse sin él. Él no salía de su habitación, pero lentamente se arreglaba para salir. Su madre, en permanente comunicación con él y conmigo, vino a decirme que cediera, que le permitiera salir, porque –me aseguró- que por las buenas o las malas- se iría. “¿Qué harás en ese caso?”, me instó. “¿No le dejarás volver más?” “No lo hará”, le dije. “Si lo hará, me contestó. “Y cuándo no vuelva, ¿podrás vivir sin él?

Hágame caso, señor Rajoy, vaya con sus más leales consejeros humildemente a Cataluña. Exprésese como sepa. No es cuestión de oratoria sino de dar marcha atrás, de volver a empezar.

Le hice caso a mi mujer y, tal como ella me indicó, negocié con mi hijo. Reconocí mi enfado por su actitud, por la cual me disculpe. Consentí que saliera con sus amigos, si lo sucedido no volvía a repetirse.  Él admitió su error aduciendo una falta de comunicación con mi mujer (al fin y al cabo daba lo mismo) y prometió que no volvería a ocurrir. Nos reconciliamos tibiamente. Él salió y yo no tuve que recorrer las calles en su búsqueda. ¿Se hubiera ido para siempre? ¿No hubiera vuelto a casa? Mejor ni planteárselo.

 

No elucubre más señor Rajoy. Su promesa no la cumplió. No dude más. No espere ni un minuto más. Vaya. Corra. No haga caso a quien le diga que usted es la fuerza, el orden, la ley. Yo mismo reconozco que la ley está de su parte. Pero las vidas humanas no toleramos el uso de la fuerza, ni siquiera el de la razón, si contra ellas se atenta o se sienten agredidas o indignadas.

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